Te voy a contar lo que me pasó cuando tenía 16 años. Quizá el título te ha hecho pensar en que tuve un calentón con alguien y que me quedé con las ganas porque me daba vergüenza al tener la regla. No van por ahí los tiros. Lo mío fue muchísimo peor. 

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Solía ir los sábados a una población costera cercana a donde sigo viviendo. Así, me quitaba de mi casa, ya que me iba a la de mi tía (mucho más liberal que mis padres) y conocía a gente de la base militar estadounidense situada en el pueblo. Te hablo de finales de la década de los 80 cuando ver a un estadounidense real no tenía nada que ver con los que aparecían en las series de televisión con las que nos bombardeaban a diario. 

El marido de mi tía era militar de esa base y solía invitar a todo el mundo a su casa. De hecho, los militares solo podían estar en el pueblo un máximo de cuatro años y él llevaba 10 porque sus superiores sabían de la labor que hacía en lo referente a ayudar a todo el que llegaba a elegir su casa de alquiler y a conocer un poco la cultura española. 

Pues bien, el hijo de uno de esos militares entabló amistad conmigo y a mí me encantaba. Aparte de practicar inglés con él, nos gustaba mucho escuchar música, ir a pasear y poco más porque estábamos más controlados que el Banco de España. 

Un día de primavera, nos fuimos al cine de verano, que acababa de abrir, y luego a tomarnos un helado. Se nos echó la noche encima y volvimos a casa de mi tío que se había ido con mi tía a la base a no sé qué. No nos quedó otra que sentarnos en la puerta y yo decidí hacerlo encima suya. 

A los cinco minutos, llegaron mis tíos y menos mal que no apagaron las luces de su coche porque allí no se veía absolutamente nada. El chaval se despidió tras saludarlos y se fue porque al día siguiente tenía que ir a jugar un partido en la base a primera hora. Yo fui al baño, me di cuenta de que tenía la regla, me aseé y me puse una compresa para irme a dormir. 

 

Al día siguiente, sobre la hora de comer, se presenta el chaval por sorpresa, porque no habíamos quedado, y me dice si podemos hablar. Le digo que sí. Salgo de la casa y me cuenta, con la cara roja como un tomate, que si en España las chicas no usamos compresas. No sé de qué me habla y me cuenta que cuando llegó la noche anterior a su casa se quitó los pantalones y se puso a dormir. Ese mismo día se levantó sobre las seis de la mañana y se puso los pantalones para irse a la base. 

Al llegar allí, sus amigos le dicen que vaya al médico porque está sangrando en sus partes. Se mira y ver una mancha de mi regla en sus pantalones. ¡Me quería morir! Le pedí perdón, le dije que le iba a comprar otros pantalones y que pensaba que me había puesto con la regla después de verle. Me dio una vergüenza enorme y el chaval se lo tomó bien. 

Al fin de semana siguiente mi tío le había comprado dos pantalones al chico y cuando le vi se los di. Él me preguntó por la regla y le dije que ya había terminado. Esa noche, se puso los pantalones nuevos y no te voy a contar cómo finalizó la cita porque, ahora sí, ya lo sabes.  Me olvidé de la vergüenza y fuimos pareja hasta que sus padres se fueron a su país. Todavía mantenemos el contacto y recordamos lo que me pasó… ¡qué años aquellos!

 

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