“En su cabeza era espectacular”, que decían los de Pantomima Full, y cuánta maldita razón tenían. Y es que las “ideas espectaculares”, los “planes brillantes que recordaremos siempre”, los “avivamientos de pasión” quedan de lujo en el cine o en las novelas, pero en este lado de la realidad casi siempre cojean un poco, qué le vamos a hacer.
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Llevaba como un año de follamigos con, llamémosle, Félix. Era cocinero y, cuando terminaba el curre y podía, se pasaba por mi casa y nos dábamos una alegría al cuerpo. Procurábamos cuidar el uno del otro; intentar sorprendernos. Que si un juguetito, que si un masaje, que si me he comprado un conjunto de lencería… cositas así. Y una vez, viendo Goldfinger, se me ocurrió lo que me pareció una idea bestial: un número de baile con purpurina dorada. Recordadme que la próxima vez que se me ocurra una idea bestial, me tire de cabeza contra la pared hasta que se me olvide.
Como entonces la purpurina aún no había sido declarada contaminante malo-malísimo, era fácil encontrarla. Llené un estante entero de la alcoba con botecitos de brilli-brilli; aquello parecía una muestra de análisis de heces de unicornio. Llegó la gran noche, me unté el cuerpo de aceite de bebé y me fui dando a golpecitos la purpurina dorada. Llamó a la puerta, puse la canción de Goldfinger y abrí con tanto brilli en la piel que había que mirarme con gafas de sol.
Y oye, vamos a reconocer que el encuentro estuvo bestial. Aquello fue la fiesta de la purpurina. Un bote y otro bote, estrellitas volando por el aire, ponte en cuatro Campanilla que te voy a dar polvo de hadas… el asunto estuvo bien. Muy bien. Ahora, el después… Os dejo imaginar: él tenía el pelo largo y mucho vello corporal. Después de tres duchas, empezó a coquetear con la idea de depilarse entero. Las sábanas, para tirarlas; el juego de sostén y bragas, inservible; el suelo, los muebles, los libros, ¡las paredes! ¡Todo tenía brillantina! ¡Parecía que habíamos asesinado a los putos Osos Amorosos!
Esa cosa se pega como el cemento rápido. Da igual que te frotes con la esponja marina, que no lo sacas todo. Y se atrinchera en sitios horribles. ¿Sabéis lo que es sacarte un támpax con motitas doradas…? Yo sí lo sé. Diez años después de eso, cada vez que barro y sigo sacando alguna motita perdida, solo puedo decir esto: NUNCA FOLLÉIS CON PURPURINA.
Delice.