Cuando empecé terapia, mi único objetivo era aprender a controlar la ansiedad.
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Llevaba años conviviendo con ella. Esa sensación constante de preocupación, la necesidad de tenerlo todo bajo control y la incapacidad de relajarme incluso cuando no había ningún problema real. Pensé que iba a consulta para aprender técnicas de gestión emocional, pero terminé descubriendo algo mucho más grande.
A medida que hablaba con mi psicóloga sobre mi forma de pensar y de actuar, empecé a reconocer patrones que no parecían haber nacido conmigo.
De repente, me di cuenta de que muchas de las cosas que hacía las había visto toda la vida en mi familia.
Mi padre, por ejemplo, siempre ha sido una persona que se preocupa por todo. Da igual que el problema exista o no; él siempre encuentra algo por lo que anticiparse y sufrir. Mi abuela era exactamente igual. Era incapaz de disfrutar del presente porque siempre estaba pensando en lo que podía salir mal mañana.
Y entonces entendí algo importante: no solo heredamos genes. También heredamos formas de comportarnos.

Lo mismo me ocurrió con la comida. Durante años pensé que era normal comer deprisa, sentir culpa después de darme un capricho o utilizar la comida como una forma de gestionar el estrés. Hasta que empecé a mirar a mi alrededor y descubrí que esos comportamientos llevaban décadas repitiéndose en mi familia.
Había familiares que se saltaban comidas cuando estaban nerviosos. Otros que necesitaban comer algo dulce cada vez que tenían un mal día. Algunos vivían permanentemente a dieta y otros utilizaban la comida como recompensa emocional.
Trabajé mucho sobre qué comportamientos venían como herencia y cuales eran adquiridos y después de mucho trabajo, entendí algo que me abrió la mente.
Todas y cada una de las conductas heredadas respondían a un comportamiento de estado de alerta, de miedo, de ir con prisa y mirar siempre al entorno como si estuviera en peligro.
Y entonces entendí la vida que mi abuela tuvo, la vida que ella había experimentado: tener mil trabajos, buscarse la vida para dar de comer a sus hermanos y no tener un minuto de paz interior porque la realidad era cruel y aplastante.
Nadie me enseñó explícitamente a hacer esas cosas. Simplemente crecí viéndolas y acabé incorporándolas como si fueran normales.
Y de cierta manera, yo estaba viviendo mediante mis comportamientos en una realidad, que gracias a Jesusito, no era la realidad en la que esos comportamientos nacieron.
La terapia me ayudó a entender que muchos de nuestros hábitos no son decisiones conscientes. Son conductas aprendidas que absorbemos desde pequeños porque forman parte del entorno en el que crecemos.
Y creo que ese fue el verdadero descubrimiento. El problema no era solo mi ansiedad. El problema era que llevaba años reproduciendo patrones que habían pasado de generación en generación sin que nadie los cuestionara.
Lo mejor de darse cuenta de algo así es que, aunque no puedas cambiar de dónde vienes, sí puedes decidir qué cosas quieres dejar de llevar contigo.
Y sobre todo, me enseñó a comprender mejor la vida y los miedos constantes que vivieron mis abuelos desde bien pequeños: siempre intentando sostener, proveer y cuidar.