En mi grupo de amigos soy la única omnívora, todos son o veganos o vegetarianos, algo que jamás ha supuesto ningún problema por mi parte. Y sí, digo por mi parte porque ellos aprovechan alguna ocasión para recordarme que estoy comiendo cadáveres.
Este viernes pasado fue la boda de una de mis mejores amigas. Boda tipo cóctel de tarde con un poco de fiesta por la noche. Di lo que consideré oportuno hace un par de meses, 150€. Acudimos al Ayuntamiento y seguidamente nos fuimos a la finca donde se celebraba. Yo ya había supuesto que sería una boda vegana, ya que los dos lo eran. Lo que no imaginaba es que vegano y raquítico iban de la mano.
Los aperitivos eran quesos, hummus con crudités, cherrys (sin nada más), palitos de pepino y brochetas de frutas. Cuando se vaciaron los platos estuvimos esperando por la siguiente ronda… pero nunca vino. La barra libre empezó a las siete de la tarde, habiendo apenas picado un poco de fruta y hortalizas. Cuando pedí mi cubata me dieron una mini bolsa de patatas fritas de 20gr y en la siguiente ronda una bolsa de gominolas de 15gr… ¡Ay! De haberlo sabido ni 50€ les daba.
Llevaba ya una cogorza importante con 3 cubatas y el estómago vacío, cuando un chico que me llevaba haciendo ojitos toda la tarde vino a hablar conmigo. Yo no iba de boda con intención de pillar cacho, al contrario, estoy en una etapa donde quiero soltería y tranquilidad. Jamás pensé que lo que me fuese a decir me haría verlo con ojos de lujuria.
“Hay un McDonald’s a 10 minutos andando de aquí, ¿vamos?”. Preguntó. “Sí, quiero”, contesté más emocionada y segura que la novia unas horas antes.
De camino al McDonald’s íbamos comentando el penoso menú que había, aun teniendo en cuenta que era tipo cóctel, esto había sido una cutrez extrema, fuese vegana o fuese carnívora. Ambos pasamos la (verdadera) cena lamentándonos de cómo habíamos dado tanta cantidad de dinero para la celebración que había sido. Nos comimos un menú contundente cada uno y varios extras para llenar el estómago.
Cuando volvimos, decidimos amortizar el dinero de la “entrada” de la boda en alcohol, al menos en eso no habían escatimado. Al final fuimos los únicos que lo amortizamos bien y no teníamos aspecto de estar a punto de desmayarnos por tener los estómagos vacíos. Cuando terminó la noche llevábamos tal cogorza… que decidimos compartir una habitación de hotel. No hay mal que por bien no venga.
A la mañana siguiente me desperté con una resaca monumental y una sensación de alivio. No sabía muy bien si era por haber sobrevivido a aquella boda a base de alcohol y patatas fritas o porque, después de meses evitando cualquier tipo de lío sentimental, había acabado durmiendo abrazada a un desconocido que olía a colonia cara y a nuggets. Romanticismo moderno, supongo.
Cuando abrí un ojo vi que él ya estaba despierto, mirando el móvil con cara de absoluto arrepentimiento. “Bueno, aquí llega el momento incómodo”, pensé. Pero en lugar de eso me preguntó si quería bajar a desayunar. Después del escaso banquete vegetal de la noche anterior, ninguno de los dos estaba dispuesto a desaprovechar un desayuno de hotel. Creo que los camareros jamás han visto a dos personas disfrutar tanto de un buffet continental. Nos pusimos morados a huevos revueltos, bacon, tostadas, cruasanes, churros y café. Mucho café. En un momento dado nos miramos y empezamos a reírnos recordando las brochetas de fruta de la boda.
Al despedirnos me dijo que, si alguna vez me invitaban a otra boda vegana, le avisara con tiempo para llevar unos tuppers en el maletero del coche.
