Apostaría fuerte a que todos los treinteañeros de este país hemos pasado por una fase similar a esta:

  1. Me planteo estudiar oposiciones.
  2. Empiezo a estudiar oposiciones.
  3. Las dejo tras un fracaso o antes de que se produzca, porque “en verdad, no tengo vocación, solo era por estabilidad y salario”.
  4. Sigo intentado prosperar con la profesión que de verdad me gusta.
  5. Veo cómo viven esos amigos que sí aprobaron oposiciones.
  6. Veo que la vida pasa y hay proyectos que no inicio porque no tengo buena posición laboral.
  7. Me vuelvo a plantear estudiar oposiciones.

Me hallo en el punto 5. Y doy contexto: autónoma y con ingresos suficientes como para sobrevivir y darme algún capricho, sin más.

Los funcionarios son la nueva burguesía de este país: los que compran, los que invierten, los que crecen, los que no padecen incertidumbre… y también los que se vuelven más conservadores en sus hábitos (ideología aparte).

1. “Le hemos subido el sueldo a la limpiadora”

Nunca he escuchado a gente humilde hablar sobre empleadas del hogar. Y con “humilde” no me refiero a personas sin recursos económicos que no se lo puedan permitir, que conste. Me refiero a que la gente sencilla y prudente se cuida mucho de soltar algún comentario clasista o que lleve intención de alardeo.

Tengo un matrimonio de amigos en el que ambos son funcionarios y, particularmente, ella saca el tema con frecuencia:

  • “Le hemos subido el sueldo a Loli porque, tía, la mujer es que hace de todo”.
  • Le comenté a Loli que llevo tres ‘findes’ queriendo limpiar el patio, y hoy he llegado y me lo he encontrado reluciente. Tía, como para no quererla”.

A lo mejor, simplemente, Loli no debería hacer más de las tareas asignadas en el tiempo que tiene. Pero yo voy por la casa con mascarilla porque no tengo tiempo ni para quitar el polvo, así que lo mío es envidia.

2. “Me he comprado un chalé en la costa”

Yo no sé si es falta de imaginación o de oportunidades reales, pero todo el mundo en este país acaba viendo la oportunidad de invertir en segundas y terceras viviendas. Tarde o temprano, se convierte en una aspiración para alguien con un mínimo de ambición. Acabas dándole la razón a tu padre, que te lo viene diciendo hace tiempo.

Mi amiga se compró la casa en la que vive en una zona en la que el alquiler está por las nubes, por exceso de demanda y falta de oferta. Y luego consideró que dos hipotecas son mejor que una si te lo puedes permitir, y se compró un piso en la costa para ponerlo en alquiler y ganar un extra muy jugoso. ¿Alguien duda sobre lo que hará cuando vuelva juntar un buen colchón?

3. “Quiero comprarme un piso para vivienda turística”

Un amigo, funcionario de Justicia, quiere invertir sus ahorros. Heredó de sus abuelos la casa en la que vive con su esposa y su bebé, pero no es suficiente con vivir con dos buenos salarios y estar libre de hipoteca. Quiere invertir.

Pero resulta que el chiquillo tiene principios, fíjate tú. Acampó en una plaza por el 15M y clamaba contra los desmanes del capital. Ahora, cuando se plantea comprar un piso para hacer dinero en una ciudad ya saturadísima de viviendas vacacionales, le asaltan las dudas: “¿Cómo voy a comprar una casa para especular y lucrarme con ella?”. Ya ha escuchado cantos de sirena que dicen que la tendrá amortizada en 10 años, así que está al caer.

4. “Mi marido quiere que tenga al bebé en un hospital privado”

A mi amiga comenzaron a llegarle anécdotas de las que quitan el sueño a partir del quinto mes de embarazo. Algunas de ellas se las contó su marido, trabajador de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado: una familia de determinada etnia bebiendo litros de cerveza en una habitación de hospital compartida, a las tantas de la noche; una familia de determinada religión hablando a gritos en otro idioma; un hombre de determinada etnia preguntando a la auxiliar por qué habían lavado a su mujer…

Curiosamente, estos episodios desagradables nunca estaban protagonizados por la gente “tú sabes, normal” (sic.). Lo único que disuadió a la pareja de tener a su bebé en un hospital privado fue el temor a que, de haber complicaciones, les fueran a atender peor que en el público. Así que contuvieron la respiración para que no les tocara ninguna familia no blanca en la habitación, y tuvieron a su bebé en un hospital público.

Algunos de mis amigos pudientes me hacen confirmar que sí, el dinero y/o la estabilidad económica pueden cambiar mucho a las personas. Y hacen que me pregunte si, en este país, las únicas opciones de prosperar para la gente pobre pasan por convertirse en funcionario y rentista.

Anónimo