Uno nunca sabe por donde le va a llevar la vida. Pero desde luego que si alguien me hubiese dicho que una de mis mejores amigas iba a acabar recriminándome que le debía 27 céntimos, no me lo hubiese creído.
Antes creo que es importante poner las cosas en contexto porque podríais pensar que era una conocida sin más, pero no. Fue una de mis amigas más cercanas durante más de 10 años. Nos conocimos en el instituto y desde entonces nos hicimos inseparables, siempre estábamos una en casa de la otra. De hecho, nuestras madres bromeaban con que parecíamos las gemelas del resplandor (creo que ese factor terror era debido a las pintas de adolescentes dosmileras)
Cuando crecimos elegimos la misma carrera y tuvimos la suerte de que nos aceptaran en la facultad de nuestra ciudad. Todo era una maravilla, un sueño hecho realidad, hasta que llego tercero y decidimos irnos de ERASMUS.
Elegimos un destino que en esa época no era muy popular para poder ir juntas. Así que os podéis imaginar la emoción cuando nos confirman que nos vamos a Cagliari (Cerdeña). No sólo me iba a ir a una isla mediterránea a estudiar, sino que lo iba a hacer acompañada de mis mejores amigas.
La realidad es que cuando llegamos allí el día a día tenía poco que ver con las películas que me había imaginado. La humedad era terrible y nuestro piso, que tenía más años que Jordi Hurtado, se deshacía por momentos.
Gestionar una casa nunca es fácil, pero gestionar semejante zulo cuando es la primera vez que vives por tu cuenta es una experiencia cercana a la muerte. Por allí desfilaron más técnicos de los que os podáis imaginar, fontaneros, albañiles, electricistas…
Todas las semanas había algo que arreglar. Hay que reconocer que era un coñazo, pero no había otra que aguantar. Mi amiga empezó a desconectarse cada vez más de los temas de la casa. Pasaba el menor tiempo posible dentro y se escaqueaba cuando venían los técnicos.
Pero la cosa no queda aquí. Empezó a escurrir el bulto con las compras comunes (aceite, productos de limpieza etc)
Yo adquirí el rol de tesorero oficial y después de hacer las compras les pasaba los tickets para que me pagasen su parte. Todas las compañeras me pagaban sin problema MENOS la que se suponía que era mi mejor amiga. Descubrí que la tía estaba afiliada a la cofradía de la virgen del puño porque le costaba más darme 5€ que comerse un cubo de piedras.
Además, empezó poco a poco a contestarme fatal cuando le recordaba el dinero que debía al bote común, casi cien euros, que había acumulado a lo largo de varios meses.
Hasta que un día me harté y le dije que no podía seguir adelantándole pasta que se pusiese al día. Vamos que me marqué un Belén Esteban de manual con su Pa-ga-me!!

Entonces mi amiga me miró super seria y me dijo que el día anterior ella había ido a comprar cosas comunes así que pensaba restar lo que había gastado del total. Yo por supuesto acepté. Sacó el ticket de la compra como si me fuese a leer la declaración de derechos universales y dijo: papel higiénico. FIN
Así que procedimos a restar de los cien euros los 27 céntimos que me correspondía pagar y nos enfadamos durante meses. Aunque a día de hoy nos hablamos, la relación no es ni la mitad de lo que era. Pero ese día entendí lo que siempre me repetía mi madre: no conoces realmente a alguien hasta que tenéis que convivir.
Barby