Llevo más de diez años con mi marido.

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No empezamos especialmente jóvenes… los dos ya nos acercamos peligrosamente a los cuarenta. Y como es normal, antes de conocernos, los dos tuvimos nuestras vidas, nuestras relaciones y, obviamente, tanto mis padres conocieron otras parejas mías como sus padres conocieron otras parejas suyas.

Como cualquier pareja, hemos tenido épocas buenas y épocas bastante complicadas.

Y cuando digo complicadas, me refiero a BIEN JODIDAS.

De hecho, si echo la vista atrás, creo que hemos superado dos crisis muy importantes. Una llegó con el nacimiento de nuestras hijas, que puso nuestra relación completamente patas arriba. Pero la otra ocurrió años antes, cuando mi marido me fue infiel con su expareja.

No voy a romantizarlo ni os voy a hablar de superación ni os voy a vender tips de sicóloga, porque así, entre tú y yo: Fue una época horrible.

Hubo momentos en los que pensé que aquello se había acabado para siempre. Pero decidimos intentarlo y aquí seguimos, oliéndonos los pedos cada noche.

Hubo muchísima terapia, muchísimo trabajo y muchísimo dolor.

Y cuando todavía estábamos intentando reconstruir nuestra relación, ocurrió algo que, sinceramente, nunca he conseguido olvidar.

Cuando estábamos en plena crisis post-infidelidad, mi marido decidió contarle a su madre todo lo que estaba pasando.

Yo nunca he sido muy partidaria de compartir las crisis de pareja con la familia porque creo que forman parte de la intimidad de una relación. Pero él necesitó hacerlo y oye, quien soy yo para decirle a nadie como se tiene que gestionar.

Un domingo fuimos a comer a casa de sus padres. Recuerdo perfectamente el menú: habían hecho pollo asado con ajo y una ensalada de tomate y cebolla.

Su madre me preguntó qué tal estaba. Y yo, que sabía que nuestra intimidad era parte de las conversaciones que se tenían en aquella casa le respondí: «Bueno… mejor. No está siendo fácil, pero saldremos de esta»

Y entonces me miró fijamente a los ojos y me dijo: «Si no salís de esta tampoco pasa nada, porque mi hijo tiene una mujer maravillosa esperándole en vuestra puerta»

Se refería, evidentemente, a la mujer con la que mi marido me había sido infiel, su expareja.

¿Cómo te quedas? Pues exactamente igual que me quedé yo. Decir en shock es quedarse MUY corta. Recuerdo tener pirrilera aquella tarde del vuelco que me dio el estomago al oír aquella frase.

Han pasado muchos años desde aquello, yo qué sé…hemos tenido dos hijas y hemos reconstruido nuestra relación. Aquel momento no debería tener mayor importancia.

Pero hay veces que ese comentario vuelve a mi cabeza. Y aunque sigo sin entenderlo, me hace sentir pequeña, insegura y fácilmente sustituíble.

No entiendo qué esperaba conseguir con esa frase. Mira, entiendo que aquella chica le cayera mejor a mi suegra que yo, que la tuviera cariño y que la echara de menos, pero no sé… hacer tanto daño de una manera tan gratuita…me parece hasta cruel, qué quieres que te diga.

Y, sobre todo, no entiendo cómo alguien puede infravalorar tanto el poder que tienen las palabras. Siempre escucho eso de que «lo importante son los hechos» y que «las palabras se las lleva el viento».

Pues yo no estoy nada de acuerdo. Hay palabras que se quedan contigo durante años. Hay frases que te acompañan mucho más tiempo que muchas acciones.

Y hay comentarios que, aunque nunca lleguen a cumplirse, son capaces de abrir heridas muy difíciles de cerrar.

Hay frases que se olvidan en cinco minutos, pero otras… otras son capaces de quedarse a vivir contigo durante muchos años. Y ser capaz de medir tus palabras y el daño que pueden causar creo que es algo básico para que podamos vivir en sociedad.