Todo empezó un viernes cualquiera. De esos en los que «vamos a tomar algo rápido» termina siendo cena, copas y taxi compartido. Éramos seis amigas de toda la vida, desde preescolar, las típicas que lo han compartido todo: apuntes, secretos, rupturas, mudanzas y hasta lloros en baños de discoteca.

Aquella noche pagué yo la primera ronda. 30 euros entre cervezas y refrescos. «Luego me hacéis Bizum», dije sin pensar demasiado. Siempre lo hacíamos así. O al menos, siempre funcionaba… hasta ese día.

Al día siguiente, empezaron los Bizums. Cuatro llegaron rápido. Uno de 8 €, otro de 5 €, otro de 7 €… normal. Pero faltaba uno. El de Laura.

No le di importancia al principio. Laura era despistada. La típica que te dice «ahora te lo hago» y se le olvida hasta que pasa una semana. Le escribí: «oye, me falta tu Bizum de ayer, 5 € nena». Tardó unas horas en responder: «sí, luego te lo hago».

Ese «luego» fue el problema. Pasaron dos días y nada. Tres días y nada. Yo ya no era tanto por el dinero, sino por la sensación de estar persiguiéndola por algo que me pertenecía. Le volví a escribir, esta vez un poco más seca: «Laura, son 5 euros, no pasa nada, pero hazlo cuando puedas».

Ahí cambió el tono. «Qué agobio con el dinero, ¿no?». Me quedé mirando el mensaje unos segundos. Pensé que estaba de broma. Pero no lo estaba.

El grupo de WhatsApp, que normalmente era memes y planes, se llenó de silencio y reproches, hasta que Marta intervino: «son 5 €, Laura, págaselos y ya está».

Y ¡bum!, dinamitó. «No es por los 5 euros. Es por el control constante. Siempre igual con las cuentas, como si fuéramos niñas», respondió Laura.

Yo no entendía nada. Nadie había «controlado» nada. Era un Bizum. Literalmente el sistema está hecho para eso, era mi dinero y yo no estaba como para andar invitando a nadie. Aun así intenté rebajar el tono: «no es control, es que lo pagué yo…».

Pero ya daba igual. La conversación dejó de ser sobre dinero y pasó a ser una lista de reproches acumulados que nadie había mencionado nunca: que si una siempre organizaba todo, que si otra desaparecía cuando había que decidir cosas, que si otra nunca ponía gasolina cuando íbamos en su coche.

Los 5 euros ya no existían. Eran solo la excusa para tener una discusión que llevaba tiempo engordando.

Esa misma noche el grupo se dividió en dos: las que pensaban que Laura estaba exagerando y las que creían que «algo de razón tenía». Yo estaba en medio, viendo cómo algo que parecía insignificante se convertía en una grieta incómoda.

Laura hizo el Bizum tres días después, sin mensaje de confirmación ni una disculpa. Como si no hubiese pasado nada. Pero sí había pasado.

Dejamos de quedar todas juntas durante semanas. Primero fueron excusas: «tengo lío», «esta semana imposible»; luego, silencio. Al final, cada una volvió a su vida como si el grupo hubiera sido una etapa cerrada.

Lo más absurdo es que, meses después, hablando con Marta, dijo lo que yo ya me esperaba: «no era el Bizum, tía, nunca lo había sido; llevábamos tiempo mal, nadie quería ser la primera en decirlo, y esos 5 € no fueron el detonante, fue la excusa».

Y así era. Desde entonces no nos hemos vuelto a ver. Poco a poco nos hemos ido de aquel grupo que nos unía y que llevaba creado desde que existía WhatsApp. Ahora yo quedaba con Marta, Laura con Carla y Maite con Sara. Pasamos de ser un grupito de seis a ser tres parejas que iban cada una por su cuenta.