¿Qué lleva a alguien a hacer el mal así porque sí? Nunca lo he sabido, aunque una de mis vecinas sí podría contestaros porque era una de esas personas a las que les gusta hacer el mal gratuitamente. Os cuento. Me encantan los balcones y ventanas con flores. Llevaba poco tiempo en aquel piso, un apartamento modestito con una terracita diminuta, suficiente para tener unos cuantos maceteros. Decidí comprar unas nuevas para alegrar la vista.

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Cogí plantas sencillitas: una hierbabuena, una planta del dinero y perejil. Y empezaron a tirar para arriba. Hasta que un día llego y me encuentro a la planta del dinero toda pocha y amarilla. No es común que una planta se estropee en un día, así que pensé que habría cogido bicho. Al coger la maceta, huelo algo raro. Acerco la nariz y… sí, es Cristasol. Habrá productos de limpieza con olor característico, pero como el Cristasol, pocos. Y ahí me empieza a picar la mosca, porque yo no había limpiado ningún cristal allí.

Acerqué las otras dos macetas al borde de la terraza y, en absoluto silencio, me senté en el suelo con un libro a montar guardia. En efecto, ya casi al anochecer, oigo un «gluglú» y veo que alguien vuelca un taponcito en la tierra del perejil. Me levanté haciendo un ruido exagerado y la culpable desapareció. Mi primer instinto fue llamar a su puerta con una pistola de Cristasol y volcárselo por el gaznate, pero como parece ser que eso se llama asesinato y no está bien visto, decidí calmarme y actuar de otro modo.

En primera, quité las macetas de ahí y saneé la tierra. En segunda, bueno, nada es más fácil que fastidiar a alguien que, casualmente, vive a tu lado. Apenas se hizo de noche, me acerqué al patio donde se tendía la ropa. Oh, sábanas recién lavadas, espejo de blancura… o casi. Cogí mi cenicero lleno de agua sucia de carbones de cachimba y… ¡ups! ¡Vaya, pero qué torpe soy! Se me cayó todo justo en dirección hacia las sábanas. Parecían un cuadro de Miró.

Al día siguiente, antes incluso de que ella me lo dijera, fui yo la primerita a pedirle disculpas. Como había vecinas mirando, no quiso quedar como la bruja y dijo que no tenía importancia. Pero sí me dijo que tirase las plantas, que le daban alergia y que no podía tenerlas por estar de alquiler. “Eso que me lo diga el propietario”, le contesté. Si le hubiera visto una sola roncha o los ojos rojos, no hubiera protestado, pero esa arpía no tenía ninguna alergia; tenía ganas de molestar.

¿Qué hice en su lugar? LLENÉ LA TERRAZA DE PLANTAS, pero a distancia prudente para que no pudiera alcanzarlas. ¿Y cuál fue la única que sí estaba cerca de su lado? UN CACTO. Un cacto tan gordito y alto que la tierra de la maceta no se veía y, para echarle algo, hubiera tenido forzosamente que apuñalarse con las púas. Debió derrotarse, porque el cacto seguía igual de bonito para cuando yo me fui.