Hace cuatro años me fui a California por trabajo y… ¡Me enamoré de un Californiano!

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Un viaje de trabajo suele girar en torno a: Reuniones, clientes, catálogos… no sé, nada especialmente sexy.

Y sinceramente, cuando viajas por trabajo nunca piensas que te vas a enamorar. Piensas en no cagarla con el jet lag, en llegar puntual y en sobrevivir comiendo ensaladas de aeropuerto a 18 dólares sin cagarte encima.

Pero hay viajes que te cambian la vida sin pedir permiso y este fue uno de ellos.

Yo estaba revisando el stand el día antes de empezar la feria cuando apareció él.

No me preguntes que tengo yo con los rubios, pero es ver uno y yo me pongo ya tonta nena. Sé que hay  morenos guapísimos, pero algo de mi vida anterior me tiene muy agarrada por los huevos, porque es ver un rubio y no puedo dejar de mirar…

Bueno, rubio, 1.90, espalda de armario empotrado, barba rubia y lápiz en la oreja en plan manitas.

O sea, perdonadme… pero es que a mí un hombre que sabe construir cosas me rompe viva.

Este chico era uno de los carpinteros del evento. Empezamos a hablar y a la media hora me pidió el teléfono y me dijo que esa noche me sacaba a cenar.

Y eso me encantó. Porque sí, por que los americanos para algunas cosas son tremendamente simples.

Si les gustas, van. No montan un comité estratégico de WhatsApp. No desaparecen tres días «para no parecer intensos». Van y tomar por saco.

Esa noche fuimos a cenar y acabamos en mi habitación de hotel. Menuda sorpresa ¿eh?

Pero lo fuerte no fue eso. Lo fuerte fue la sensación, lo que sentí en sus brazos… Aquel hombre me tocaba como si hubiera estado enamorado de mí desde hacía años. Como si mi cuerpo no fuera algo que descubrir, sino algo que ya conocía.

Antes de dormir me quitó los pendientes y los dejó en la mesilla. Apagó el aire acondicionado y me dijo: «En Europa no usáis tanto aire acondicionado, lo apago porque si no mañana te dolerá la garganta»

Y yo pensé «Hostia… esto es otro nivel nena, de esto allí no hay»

Las 9 noches que estuve en California las pasé con él. Y desde el primer momento sentí algo dificilísimo de explicar: Casa, Hogar, Calma, Confianza, Seguridad.

Como si hubiera llegado al lugar donde pertenezco. Y lo más surrealista y jodido es, que él sentía exactamente lo mismo.

La última noche lloramos muchísimo los dos. Porque sabíamos lo improbable y complicado que era aquello. Encontrar a alguien así en la otra punta del mundo: Reconocerle tan rápido y sentirle tan fuerte.

Pero aún así decidimos pelearlo. Lo hemos peleado durante cuatro largos años y no voy a mentir, ha sido jodido. Pero cada vez que estaba con él tenía la absoluta certeza de que si existe algo como «tu media naranja» o «el amor de tu vida», ERA ÉL.

Vuelos. Aeropuertos. Despedidas horribles. Videollamadas eternas. Echar de menos hasta doler físicamente.

Y aún así…todos los días, elegíamos seguir peleando. Lo que vivíamos cuando estábamos juntos era algo que yo no creía que existiera fuera de Hollywood y mira tú por donde que efectivamente fue en Hollywood donde lo encontré.

Parte de la magia era precisamente que no convivíamos. Claro, es muy fácil idealizar a alguien cuando no le ves los derrapes de caca en el váter.

Y siempre pensaba «Como vivamos juntos, esto se rompe, perdemos la magia» ¿Pues sabes qué? La semana que viene aterriza en España.

Ha organizado su vida para quedarse aquí. Y estoy cagada de miedo porque nunca nadie había peleado así por estar conmigo.

Pero también os digo una cosa, sé que he encontrado al amor de mi vida a 9.000 kilómetros de mi casa.

Y todavía no me puedo creer que él haya encontrado el camino de vuelta a mí.