Desde que soy madre, ya no me arreglo como antes. No llevo tacones, casi nunca me maquillo y mi peinado estrella consiste en una coleta mal hecha o en un moño desenfadado. Y no, no es que me haya dejado. No es depresión postparto, ni abandono personal, es pura comodidad.

Nuestro canal de mamis y niños, vente

Antes de ser madre, podía permitirme el lujo de tardar lo que me diera la gana en arreglarme. Elegir ropa tranquila, probarme veinte modelitos, maquillarme con calma, dedicar horas a rizarme el pelo con la plancha. Pero ahora que soy madre me he vuelto más práctica.

Es absurdo subirme a unos tacones o ponerme una falda si voy a tener que estar corriendo detrás de un niño de dos años con afán de escapista. Los escotes me venían genial cuando el peque era bebé y aún le daba el pecho, pero ahora lo más probable es que se me salga una teta en alguna de esas carreras que me doy para cogerlo y que no se me vaya a una carretera.

Me hace mucha gracia cuando la gente me ve así vestida, en chándal y despeinada, y me miran con lástima. Algunos hasta se permiten el lujo de aconsejarme que piense más en mí, que me ven deprimida, que me pinte un poquito los labios y me sentiré mejor.

¿Pintarme los labios? Si no tengo tiempo ni de ir al baño a hacer mis necesidades en soledad.

Si cada vez que cierro una puerta hay un niño llamando, llorando o preguntando qué hago ahí dentro. Si mi momento de intimidad máxima consiste en ducharme en cinco minutos, mientras mi marido se encarga de que mi hijo no vaya gritando “mamáááá” a la puerta del baño. Pero claro, el problema debe de ser que no me he puesto el rímel.

 

Hay una obsesión extraña con que las madres sigamos siendo nosotras mismas, como si dejar de llevar tacones fuera el primer síntoma de una depresión profunda. Como si la felicidad femenina se midiera en centímetros de tacón y capas de maquillaje.

¿Nadie se plantea que, a lo mejor, simplemente hemos cambiado de prioridades? Que ahora preferimos dormir diez minutos más a levantarnos antes para plancharnos el pelo. O que elegimos ropa cómoda, no porque nos odiemos, sino porque queremos poder agacharnos a coger a nuestros hijos sin enseñar hasta el alma.

Porque sí, a mí me encantaba maquillarme y vestir mona, pero que ahora me ponga un pantalón de chándal o unos vaqueros anchos no quiere decir que haya dejado de quererme. Yo me sigo viendo guapa, pero ahora además de guapa voy cómoda.

La época de los tacones, de las faldas ajustadas y del maquillaje no se ha ido para siempre. Seguro que volverán, pero cuando mi hijo sea un poquito más mayor.

En la maternidad, además de la carga mental, también llevamos una carga física: te pasas el día cargando a niños que no quieren andar, mochilas que parecen de trekking, bolsas del supermercado, empujando carritos que pesan como muertos. No sé vosotras, pero yo no me imagino con mi hijo en brazos, que pesa ya 13 kilos, vestida con encajes, minifalda o con un calzado diferente a mis deportivas.

También está el tema del tiempo. Ese gran lujo que desaparece sin previo aviso. Antes podía pasar una tarde entera arreglándome para salir a cenar. Ahora, si consigo lavarme el pelo y vestirme sin interrupciones y, lo más importante, vestir a mi hijo y que no se haya manchado o hecho caca dos minutos antes de salir por la puerta, lo considero un día redondo.

Lo curioso es que esta presión solo va en una dirección. A los padres nadie les dice que se han dejado, que se les ve apagados por ir en chándal o con barba de tres días. A nosotras, en cambio, se nos mira como si hubiéramos perdido algo por el camino. Como si la maternidad nos hubiera robado la feminidad.

Ojo, y con esto no estoy diciendo que todas las madres vayamos vestidas como pordioseras, que las hay que sacan tiempo de donde sea para echarse su base y su colorete. Ole por ellas. Pero yo ahora mismo prefiero ir a cara lavada y con coleta.

Así que, si me veis por ahí, no tenéis que compadeceros de mí. No, no me he dejado, ni estoy pasando un mal momento personal. Simplemente me he adaptado a mi nuevo rol. He cambiado la estética por la logística. Ya habrá tiempo para tacones si me apetece. Ahora mismo prefiero llegar a todos lados, aunque sea corriendo en deportivas.