Ser madre es agotador: no duermes bien, estas cansada, te duele cada músculo de tu cuerpo. Pero hay un cansancio mucho peor que ese, y es el cansancio mental.
Más allá de las tareas visibles que implica la crianza de los hijos, existe una carga invisible, silenciosa, constante. Una carga mental que pesa como una losa y que, por mucho que te ayuden, sigue ahí. Nadie te libra de ella.
Soy madre de dos niños y, aunque mi marido es un padre presente, un adulto funcional que se ocupa de sus hijos, la carga mental siempre recae sobre mí. Él se ocupa de recogerlos en el colegio, de bañarlos, de prepararles la cena, sabe dónde está guardada la ropa de cada niño y es perfectamente capaz de vestirlos; pero no le pidas que se acuerde de las citas médicas o de saber qué día tienen que devolver los libros de la biblioteca. No es que no quiera participar en esas tareas, sino que ni siquiera se da cuenta de que existen.

La carga mental es la planificación invisible que nunca descansa. Es saber que el lunes el mayor tiene que ir en chándal porque tiene gimnasia; que el miércoles tiene excursión y necesitan llevar la mochila con agua y el almuerzo; es recordar que la profesora pidió que lleváramos material reciclado para un proyecto de pintura o pañales en el caso del pequeño; o acordarte de hacerle un bizum a la mamá de Daniel porque el jueves celebra su cumpleaños y hay que darle dinero para el regalo.
En mi caso, tengo una agenda donde apunto TODO: desde citas médicas, fechas importantes, cumpleaños, hasta los deberes del mayor. ¿Qué pasa? Pues que a veces se me olvida mirar la agenda y se me pasa que hoy teníamos reunión de final de trimestre con la profe del mayor. Lo peor de todo es que cuando se me pasa una cita, se me olvida llevar la cartulina el día que había que llevarla, me siento la peor madre del mundo.
Mientras, mi marido me consuela con un “pues ya iremos a la reunión del siguiente trimestre” y se queda tan ancho. Él no se siente mal padre por olvidarse de algo. Para él no son cosas importantes, si nuestros hijos están vestido y alimentados, es suficiente.
Muchas veces le pido ayuda a mi marido para descargarme un poco de ese estrés mental que tengo, y él intenta involucrarse. Pero ayudar no es lo mismo que compartir la carga mental. Delegar, en teoría, suena bien. Pero en la práctica, la delegación nunca es total. Porque si yo le pido a mi pareja que los domingo se encargue de preparar las mochilas para el día siguiente, por ejemplo, igualmente tengo que estar pendiente de recordárselo y hasta de revisarlo, porque a veces se le olvidan cosas. Al final él no lo tiene interiorizado como yo.
Delegar implica, paradójicamente, seguir teniendo el control de todo. Es como ser la capitana de un equipo: puedes repartir tareas, pero al final eres tú quien supervisa que se cumplan. Así que en realidad, la carga mental sigue recayendo sobre mí, aunque él me ayude. Y eso genera un estrés que a veces no se ve, pero que siempre está ahí.
La salud mental de una madre es muy importante. A veces estamos tan cargadas de responsabilidades que saltamos a la mínima, gritamos y no nos comportamos de forma correcta. Una madre debe estar bien anímicamente para ocuparse de sus hijos.

Pero el problema de la carga mental no es individual de cada madre, sino social. No es que los hombres sean malos padres o que no quieran involucrarse. Es que históricamente, las mujeres hemos sido las encargadas de la gestión doméstica y familiar, y esa inercia sigue presente incluso en las familias más modernas.
¿Cómo podemos aliviar esta carga? ¿Qué soluciones hay?
Lo primero es reconocer que la carga mental existe y que no debería ser responsabilidad exclusiva de las madres. A menudo, ni siquiera nos damos cuenta de cuánto pesa hasta que estamos completamente agotadas.
Yo en mi caso he encontrado una forma de sobrellevar el problema. Está claro que hay tareas de las que siempre me voy a ocupar yo, porque están en mi mente de madre instaladas y porque a mí se me da mejor estar pendiente de ciertas cosas. Pero hay otras que mi marido hace muy bien, como estar pendiente de los pagos y de los papeleos, llevar a los niños a las extraescolares (que además yo odio llevarlo), al parque o a cumpleaños de amiguitos, él es mucho más sociable que yo y lleva mejor esas cosas.
Así que nos dividimos, cada uno hace lo que mejor se le da y todos somos más felices. No hace falta que él se encargue del cambio de armario o de comprar zapatos, porque no sabe ni las tallas que llevan los niños, yo me ahorro tener que ir al parque a hablar con otras mamás y todos contentos.