Tengo 64 años y tres hijos. Mi hija y mi hijo menor tienen sus propias familias, están casados, viven en casas estupendas y me han dado unos nietos fabulosos. Y luego está mi hijo mayor, que tiene 44 años y vive en casa conmigo.

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Cuando nació mi primer hijo todavía se decía aquello de «el heredero» (un poco a lo Antonio Alcántara) y mi marido y yo pusimos todas nuestras ilusiones y esperanzas en él. Un hijo, varón para más inri, precioso y perfecto. ¿Cómo de ese bebé sonrosado que jugaba con mis rizos hemos pasado a un señor de 44 años que no tiene oficio ni beneficio, vive en mi casa y me contesta mal cada vez que me ve? Es algo que no puedo entender, no sé qué hicimos mal con él.

 

No quiso estudiar, prefirió ponerse a trabajar pronto para ganar dinero. Yo protesté un poco, a mi marido no le pareció mal y él hizo lo que quiso. Empezó a trabajar en un sitio en el que ganaba mucho y todo le fue viento en popa, con 24 años ya estaba independizado, casado, tenía una casa preciosa y una hija en camino. No sabemos si por causa de la ambición o por qué, el caso es que de repente todo lo que había subido empezó a bajar y su castillo se desmontó y cayó estrepitosamente. Se divorció, su mujer se fue lejos con mi nieta, tuvo que vender la casa y le echaron del trabajo. Nunca quiso contarnos qué había pasado, pero bien no olía.

 

Se vino a vivir a casa con mi marido y conmigo, sus hermanos ya se habían marchado, y mal que bien convivíamos. Fue alternando trabajillos de poca estabilidad y a mi marido le llevaban los demonios. Mi hijo estaba cada vez más cabreado y encerrado en sí mismo y de vez en cuando nos gritaba, pero mi marido le paraba los pies.

 

Lo peor comenzó cuando mi marido murió hace tres años. Yo no soy capaz de ponerle en su sitio y cada vez me tiene más amilanada. Veo que me voy haciendo pequeña en mi propia casa y no encuentro una salida.

 

 

Pero es que el otro día ya pasó una cosa que me ha puesto del revés. Estaba una amiga tomando un café conmigo en casa y dejó el bolso en un sofá, en un momento dado que entré en la habitación vi a mi hijo mirando en el sofá y que pegaba un respingo al verme, como asustado. Me extrañó, pero no le di importancia, hasta que mi amiga me llamó por la noche para preguntarme si había encontrado 50€ por la casa, que los había perdido. Los busqué por si acaso, pero no los encontré. No tenía pruebas, pero se me puso la mosca detrás de la oreja y empecé a prestar más atención.

 

 A los dos días se repitió un episodio parecido, le vi encima de mi bolso y se asustó como la otra vez. Miré el monedero y no vi nada raro. Pero luego fui a comprar y al ir a pagar no tenía dinero y yo sabía que tenía que tener 7€. Seguí poniendo atención y se repitieron escenas similares. Me fui fijando bien y todos los días me desaparecía un euro por aquí, otro por allá.

 

Hasta que un día me armé de valor, le puse un cebo y le pillé con las manos en la masa. Al principio se puso hecho una furia, me chilló, me amenazó y yo temí que se pusiera violento. Por fortuna, conseguí calmarlo y poco a poco su ira se transformó en llanto y congoja. Me pidió perdón y me confesó que estaba metido en líos de apuestas y que sabía que iba por mal camino pero que no era capaz de parar. Tuvimos una noche de conversación como no la teníamos desde sus 14 años y yo me permití albergar alguna esperanza para mi hijo. He conseguido que vaya al psicólogo y estoy intentando que acepte ir a una clínica de adicciones, pero no me lo está poniendo fácil. Tiene un día de congoja y arrepentimiento y luego una semana de ira. La verdad es que estoy bastante desesperada y, sobre todo, no me veo con fuerzas para afrontar esta situación. Necesitaba desahogarme.