Si algo está clarísimo, es que cuando damos el paso de irnos a vivir con nuestra pareja comenzamos a descubrir cosas sobre ella que ni se nos habían pasado por la cabeza. Y es que cada persona es un mundo, y cada cual puede tener los hábitos, costumbres y características más variopintas. A veces sale bien, a veces sale mal. A veces descubres que a tu pareja le gusta ducharse con agua hirviendo o que se deja la pasta de dientes abierta, y otras veces descubres cosas más chungas, antihigiénicas o incluso asquerosas que acaban terminando con el amor que os profesabais.
Pues en mi caso, mi pareja descubrió algo que le dejó ojiplático: hay mujeres que no se lavan el pelo todos los días. Hay que partir de la base de que mi novio tiene el pelo súper graso, pero graso hasta un punto que no podéis ni imaginar. Si se lo lava por la mañana, por la noche ya lo tiene como si lo hubiera metido dentro de una freidora. Es algo que siempre le ha amargado e incluso le obsesiona, ha probado mil productos, yo le he aconsejado un montón de ellos, pero como mucho hemos conseguido que le aguante un día completo. Él sabía que yo no tenía ese problema porque mi pelo es seco, pero al parecer no se imaginaba ni por asomo que yo pudiera pasar cuatro, cinco o seis días sin lavarme la cabeza y que siguiera estando perfecto.

Cuando comenzamos a vivir juntos, todo empezó de manera normal y natural. La primera noche, después de inaugurar pasionalmente nuestro nidito de amor, aproveché la ducha posterior para lavarme el pelo, me lo sequé y me pasé la plancha. Como es normal, calculé que me quedaban mínimo 4 días de pelo impoluto. Así que él, cada día y como siempre a o largo de su vida, se duchaba y se lavaba la cabeza, mientras que yo, el segundo, tercero y cuarto día me duché sin mojarme el pelo.
El segundo día todo fue normal, pero el tercer día me fijé en que, al salir del baño, mi novio me miraba raro. Además, empecé a notar que me miraba mucho la cabeza. No le di importancia, pero el cuarto día le pregunté si le pasaba algo, que por qué me miraba tanto. Él se hizo el loco y me dijo que no pasaba nada. El quinto día me volví a lavar el pelo y todo volvió a la normalidad. Pero de nuevo, los días siguientes, vi que mi novio volvía a mirarme de aquella forma cuando me veía salir de la ducha.

A la tercera semana de miradas de soslayo hacia mi maravillosa melena, le senté en el sofá y le dije que me dijese qué narices pasaba. Y fue entonces cuando me dijo que no se esperaba que tuviese tan poca higiene con mi pelo. Me quedé mirándolo con cara de póquer. Le pregunté si en algún momento me había visto el pelo sucio, y me dijo que no pero que eso tampoco lo entendía, y que había pensado que a lo mejor usaba champú en seco o algo así y que no entendía por qué si podía ducharme y ya está. Fue entonces cuando procedí a explicarle ese misterio que él no atinaba ni a imaginar: las virtudes del pelo seco. Que sí, que tiene también sus inconvenientes, pero desde mi punto de vista ninguno es comparable con luchar a diario contra un pelo excesivamente graso.
Se quedó muerto, pero muerto muerto. Alucinando en colores. Y cuando lo asimiló, también se moría de envidia. ¡Pensar que él se lo tenía que lavar cada día religiosamente mientras que a otros nos aguanta perfecto días y días! Hasta injusto le parece.

Así que en fin, para él sigue siendo un misterio cercano a la magia que haya personas con melena que no se convierten en fregona sucia como mínimo día sí y día no, pero al menos ahora no cree que sea una cochina de pelo mágicamente limpio. ¡Algo es algo!
Carol M.