A la gente de mi edad (40 años) le extraña que yo nunca haya ido al Bingo, y lo que es más impactante para ellos, que me niegue en rotundo a ir bajo ninguna circunstancia. Y es que todo tiene una explicación. Yo vengo de una familia de clase obrera con una madre que se ha compaginado un curro de limpieza con otro de hostelería, y un padre electricista. Estoy y siempre he estado súper orgullosa de mi familia, de mis orígenes, y de los valores que me han inculcado: que a nosotros nadie nos regala nada y que hay que trabajarselo a tope si una quiere vivir más o menos bien. Tan sencillo como eso. Me dieron la oportunidad de estudiar en la universidad porque habían ahorrado para ello, pero yo decidí ponerme a trabajar cuanto antes. Comencé en el ámbito textil y la vida me ha llevado por los diferentes ámbitos del comercio hasta acabar de subdirectora de una conocida cadena dedicada a bricolaje y jardinería. He llegado a donde estoy, que no es ni mucho ni poco, pero es con lo que yo vivo ahora mismo, gracias al esfuerzo y a las ganas de trabajar, y, como digo, siempre se lo he agradecido a los valores que me han inculcado mis padres.
Lo que pasa es que quizá trabajar 50 horas a la semana de electricista, todo el día con la furgoneta de aquí para allá, todo el día metido en recovecos en obras, después de unos cuantos años te pasa factura. Y a mi padre, creo yo, se la pasó.
Mi padre empezó a faltar en casa con cierta frecuencia. En vez de llegar a las 7 u 8 de la tarde, llegaba para cenar o más tarde. Algunos días nos íbamos a la cama mi madre y yo sin verlo, y cuando mi madre le preguntaba, le decía que tenía que echar más horas en el trabajo, y algún día ya aprovechaba y se iba a cenar y tomar algo con algún compañero de curro. A nosotras lo que más nos preocupaba eran las horas de más, y ni sé las veces que le dijimos que no tenía por qué aceptar esas horas extras, que a ver si se las pagaban muy bien, o por qué se sometía a semejantes jornadas. Él se ponía muy cabezón y nunca quería tratar el tema, a lo que cada cual con su vida, que mi madre y yo también teníamos lo nuestro.
Así pasaron años. Algunos días mi padre llegaba a su hora, pero casi que nos acostumbramos a pensar que su hora de llegada eran las 10-11 de la noche, y ya no le dábamos importancia. Si mi padre seguía con aquello, sería por que le compensaba.
Llegó el momento en el que me planteé la idea de emanciparme. Yo tenía bastante dinero ahorrado, pero me pedían algo más para la entrada del piso, así que decidí hablar con mis padres, sin saber yo cuál era su situación económica, por ver si me podían hacer un adelanto de dinero (no era una cantidad muy grande, pero a mí me ayudaría mucho). Primero se lo comenté a mi madre y ella no vio mucho problema, casi que me lo aseguró, pero me dijo que era mi padre el que llevaba las cuentas y que habríamos de hablar con él. Así que la siguiente vez que lo pillé en casa, le saqué el tema. Mi padre se quedó blanco, no decía nada, no reaccionaba. Mi madre se reía, pero yo ya me imaginaba que lo siguiente eran malas noticias.

Por fin, se le empezaron a caer las lágrimas y fue soltándolo todo: que llevaba mucho tiempo enganchado al juego, a muchos tipos de juego pero sobre todo a las apuestas y al bingo, y, en resumidas cuentas, que no solo se había gastado todos los ahorros que tenía con mi madre, sino que había rehipotecado la casa y se había gastado gran parte del préstamo en esa mierda. Todavía lo recuerdo como el peor momento de mi vida.
Me daba pena ver así a mi padre, pero no era capaz de contener la rabia que me producía tanta debilidad, tanta dejadez, gastarse los ahorros que tanto esfuerzo les había costado a él, y sobre todo, robarle ese dinero a mi madre. Mentiría si dijera que he sido capaz de perdonárselo, porque no ha sido así. A día de hoy sigo viviendo con ellos y les ayudo a pagar esta gran deuda donde nos metió mi padre; una deuda que no va a ser capaz de compensarnos a nosotras, su familia.
Relato escrito por una colaboradora basado en una historia REAL.
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