Vengo a contar esto porque ha pasado ya el suficiente tiempo como para que me pueda reír un poco aunque os prometo que cuando lo pienso aún se me queda la cara mirando a Cuenca.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
0029VbCFxa04Y9loKPiq5B2k Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo
Lo conocí como se conoce a cualquiera a estas alturas de la vida, sin grandes fuegos artificiales pero también sin señales raras que me hicieran salir corriendo. Era majo, atento, de los que escriben buenos días, de los que preguntan si has llegado bien a casa y de los que a tu madre le parecen “muy educados” porque se pone camisa para ir a comer un domingo. Yo, que ya tengo más de cuarenta y pocas ganas de perder el tiempo con hombres que no saben ni lo que quieren cenar, pensé que por fin había dado con uno de esos señores tranquilos que no me iba a dar problemas.
Los primeros meses fueron bastante normales, de hecho esa fue la trampa. Hacíamos planes normales, hablábamos de cosas normales, la cama era normal, los domingos eran normales y yo estaba en ese punto tan peligroso en el que una empieza a relajarse porque piensa que igual esta vez no hay sorpresa escondida debajo de la alfombra. Pero claro, la sorpresa estaba, solo que no salió de golpe como una cucaracha en agosto, salió despacito, primero con una broma aparentemente inocente, luego con un comentario de “algún día podríamos probar algo diferente”, después con una insinuación entre risas y más tarde con esa forma tan fina que tienen algunos de hacerte sentir que si no te apetece algo eres tú la que tiene un problema.
Y entonces llegó el día grande. El día en el que me dijo que le encantaría que le hiciera pis encima.
Yo me quedé mirándole con esa cara que se te queda cuando alguien te dice algo tan inesperado que tu cerebro tarda unos segundos en abrir el archivo correcto. Le dije que no, por supuesto. Que no me apetecía, que no me ponía, que no me veía, que me parecía muy respetable para quien quisiera hacerlo pero que mi vejiga no iba a colaborar. Pues nada. Él erre que erre con que era algo íntimo, con que era una prueba de confianza, con que no era para tanto, con que si le quería y estaba cómoda con él no debería resultarme tan raro y que seguro que me gustaba.
Y aquí viene la parte que me da vergüenza contar porque ahora mismo me cogería a mí misma de los hombros y me sacudiría como a una alfombra. Cedí. Eso sí, mi cerebro decidió poner una frontera absurda y le dije que en la cama ni loca, pero que en la ducha podía ser. Como si la ducha fuera una especie de territorio neutral con azulejos, la Suiza del meo, un lugar diplomático donde nada cuenta del todo porque luego abres el grifo y aquí no ha pasado nada.
Pues pasó.
Y os juro que si yo os pudiera enseñar la cara de felicidad de ese hombre… madre santísima. Fue como presenciar una revelación religiosa, como si hubiera visto abrirse el cielo y bajar una virgen con una garrafa de Bezoya. Yo estaba allí de pie pensando qué demonios estaba haciendo con mi vida mientras él vivía aquello como si le hubieran concedido el deseo que llevaba años pidiendo a los Reyes Magos.
Ojalá pudiera decir que fue un episodio aislado, una de esas anécdotas bizarras que cuentas con una copa de vino y tus amigas gritando “noooooo” alrededor de una mesa. Pero no. Se convirtió en rutina. Cena, Netflix, ducha, meadita y a dormir. Llegó un punto en el que yo pensaba si había bebido suficiente agua y de pronto mi vida íntima tenía más logística que una colonoscopia.
Y lo cuento ahora por si te resuena para que NO acabes cediendo a algo que no va contigo. Porque una parte de mí sabe que cada una puede hacer con su vida sexual lo que quiera siempre que haya deseo real y consentimiento de verdad, pero otra parte tiene clarísimo que lo mío no fue libertad ni exploración ni modernidad. Lo mío fue desgaste. Fue aceptar algo que no quería porque me había hecho sentir estrecha, aburrida y poco entregada. Y eso por mucho que lo vistas de confianza y de pareja abierta a probar cosas, no deja de ser una manera bastante retorcida de empujar a alguien hasta un sitio donde nunca quiso estar.
Lo dejé hace tiempo, gracias a Dios y a mi dignidad que volvió tarde pero volvió, y ahora cuando miro atrás no sé quién era esa tía que organizaba su hidratación para cumplir con las fantasías de un señor que encima se permitía hacerme sentir culpable. Y lo más fuerte es que durante una temporada lo normalicé, porque cuando estás dentro de una dinámica rara no siempre ves lo rara que es hasta que sales y la cuentas en voz alta.
Así que nada perdón por la imagen mental, pero necesitaba soltarlo.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]
