Aún recuerdo cuando en Educación Física le decía al profesor, con vergüenza, que tenía la regla y que no me encontraba con ánimos para correr. Él, entre eufemismos, me respondía lo que venía a ser un me la repampinfla de toda la vida. Y venga a darle vueltas al campo de fútbol. Y venga pa arriba y pa abajo. Hijo mío, que voy a acabar con la compresa de coletero.

Resulta que aquel señor con mucho silbato y poca empatía no tenía ni idea de lo que estaba pasando en mi cuerpo. Pero es que mi yo de la adolescencia tampoco. Cómo lo iba a saber si únicamente conocía lo poco que ponía en el libro de Ciencias Naturales. Bueno, eso y el “ahora, cuidadito con los chicos” de la típica charla madre-hija tras mi primera regla. En 5º de primaria, por cierto, justo antes de irme de colonias. Qué oportuna, oye. 

Quizás eso explica (en parte) por qué en el colegio la menstruación siempre ha sido un tabú. Para ir al baño, me escondía el tampón en la manga del jersey. Si necesitaba pedir una compresa, lo hacía entre susurros. No vaya a ser que se enteren los chicos de clase. Y por no hablar del código no verbal entre amigas para saber si has manchado el pantalón. Sabes cuál es, ¿verdad? Todas lo hemos hecho durante la adolescencia y eso es porque solemos vivir con vergüenza o pudor algo tan natural como nuestra regla. 

 

Las cosas como son. En los días de menstruación nuestro ritmo y energía caen en picado. De repente vivimos un momento de recogimiento e introspección y lo que más nos apetece es descansar, dormir, meditar y puede que incluso aislarnos. Estás más sensible, empática, cansada. Es normal. Igual que la luna y sus fases, las personas menstruantes somos cíclicas. Durante los (más o menos) 28 días que dura nuestro ciclo menstrual, nuestro ambiente hormonal cambia y cómo nos sentimos física y emocionalmente, también. Pasamos por cuatro fases y la primera empieza cuando te baja la regla, la fase de la Bruja. Pero, claro, esto no entraba en el temario de los aparatos reproductores. Y eso que hay una explicación fisiológica detrás. ¿Será que no interesa? 

Seamos sinceras. Al mundo le dan igual nuestras fluctuaciones hormonales relacionadas con el ciclo menstrual. El sistema capitalista en el que vivimos está abierto las 24 horas los 365 días del año. Así que la sociedad nos quiere igual de dinámicas, centradas, exigentes, competitivas -y cualquier otro calificativo basado en la productividad que se te ocurra- todos los días del mes. Incluidos esos 3, 4, 5 días (o más, depende de cada una) que te dura la regla. 

Mira, sé que tienes un montón de cosas por hacer. Que el estrés diario hace tanto ruido que casi no te deja escuchar a tu cuerpo. Sé que te frustra no poder dar tu 100%. Que tu jefe/a, entrenador/a, profesor/a & co te exigen que vivas tu menstruación con la misma intensidad y productividad que siempre. Sé que eso te hace sentir enfadada o irascible, porque resulta que no tienes el horno para bollos. A no ser que sean de chocolate, entonces ponme cinco.  

La vida es como el cajón de tus bragas, querida. Hay una para cada momento. Del mismo modo que no te pones tu precioso tanga de encaje en tus días, ¿por qué no adaptas tu rutina? ¿Por qué no moderas tu actividad, tu ritmo, según tus sensaciones y tu naturaleza cíclica? La próxima vez que te venga la regla, escúchate, concédete, conecta contigo. No te frustres si te encuentras más baja de energía, si no te apetece salir de la cama. Tómate tu tiempo para descansar con tus bragas de color carne, bolitas y esa Hello Kitty tan desmejorada. Deja para mañana lo que tienes que hacer hoy. Párate, date tu espacio y los antojos dulces que necesites. Y sobre todo no te preocupes, no te castigues: el mundo seguirá girando ahí fuera, se las apañarán, y tú volverás con las pilas cargadas, cuando sea el momento. 

Mientras tanto, disfrutemos imaginando que, en un mundo paralelo, la regla no da asco y está socialmente aceptada. Los profesores de Gimnasia han aprendido a decir: “no te preocupes, es mejor que hoy practiques ejercicios de menor desgaste o, si lo prefieres, puedes leer un buen libro”. Tu jefe/a entiende y respeta que tu productividad y eficiencia no serán igual todos los días del mes. Y tú te concedes tu espacio y dices: “hoy no me apetece, tengo la regla”.

 

Vnessius