Decía Virginia Woolf que a veces el ser humano necesita discriminar a otro. Sentirse superior a un colectivo, ya sea a la mujer o al negro, necesita sentirse implícitamente superior a alguien sin ni siquiera reflexionar sobre ello, solo asumirlo. Cuando trabajas de limpiadora, te das cuenta de lo cierto que es. Gente que no te saluda, no te mira, no tiene inconveniente en pisotear lo que acabas de fregar porque no te ven. No se dan cuenta de que estás ahí, y si por casualidad resbalan, la culpa es tuya; qué se puede esperar de una fregatriz.
Más testimonios reales en whatsapp
Aunque nunca te acostumbras del todo a ese desprecio, acabas haciendo callo. Claro que en ocasiones, si te tocan demasiado las narices, también estallas. Esto fue lo que pasó cuando, cierto verano en que limpiaba portales con mi madre para pagarme la universidad, una presidenta se pasó de lista.
“Tú estás para barrer, fregar, limpiar cristales y ya”, me dijeron en la empresa. “Si alguien tira pañales o compresas usadas por el patio, tú eso no lo tienes que recoger. Si los vecinos tienen quejas, que me llamen a mí”. La jefa de la empresa no lo hacía por respeto, sino porque lo que se llamaba “restos orgánicos” se cobraba aparte. Para eso iba otra chica con mascarilla, guantes y botas que recogía las cosas con pinzas y cobraba más caro, por supuesto.
Una mañana, en uno de los portales, apenas entré me llamó la atención la presidenta para que fuese inmediatamente al rellano del segundo y limpiase el vómito. “Ah, lo siento, pero el vómito no lo limpio”, contesté. Le tuve que aclarar que eso se pagaba aparte. Pues la tía me mira de arriba abajo y me suelta: “Mira, niña, yo ya pago para que limpiéis. Si no te gusta, haber estudiado. Me voy a trabajar y cuando vuelva, no quiero ver eso ahí”.
Al día siguiente llego a la empresa y la jefa me dice que pase a su despacho porque se han quejado de mí. Allí estaba la señora presidentísima diciendo que quería que me echasen porque había un charco de vómito desde hacía varios días (mentira). Yo solté que el vómito estaba ahí desde ayer, que por contrato no tenía potestad para limpiarlo y que no pensaba hacerlo. Quería quedar por encima de mí y humillarme. Y yo, que era consciente de que me quedaban menos de dos semanas allí, le solté: “Mire, señora, si lo quiere limpio, se agacha y limpia usted con el coño. Y si no le gusta, pague el suplemento”.
Si os lo preguntáis, sí, tuve estómago para pasar por encima del charco días y días y no limpiarlo. Cuando tocaba fregar, yo miraba cuidadosamente de parar una baldosa antes y continuar una baldosa más tarde, sin tocarlo nunca. Y así se quedó el charco hasta que se puso negro y crio pelos. Al final, a un vecino se le inflaron las gónadas y soltó cubos de lejía pura para disolverlo.
Yo cobré mi mes y mi madre me contó que la presidenta buscó otras empresas de limpieza y, como todas salían por bastante más de lo que pagaba, tuvo que reducir su dieta exclusivamente a dos alimentos: ajo y agua.
Delice
