Hace casi veinte años tuve una crisis existencial.
Llevaba un montón de tiempo preparando una oposición, me había dejado mi novio después de casi siete años de relación, había tenido un accidente de coche por el que me veía obligada a llevar collarín un porrón de horas al día y, dada la proximidad de los exámenes, me había quedado en la ciudad todo el verano por primera vez en mi vida.
Estaba agobiada de tanto estudiar y de pasarme el día encerrada en casa, sudando como un pollo y con los codos pelados.
Era viernes, llevábamos toda la semana por encima de los treinta y cinco grados y las cervicales me estaban matando. Necesitaba salir y tomar un poco de aire fresco, si es que eso era posible.
Me di una ducha, me arreglé y, como todos mis amigos estaban de vacaciones en alguna playa o pantano, me planté en el museo más cercano a mi casa.
Estuve a un tris de cambiar de idea cuando me vi en la cola para pagar la entrada de aquel lugar que llevaba allí toda mi existencia y al que no había ido nunca. Pero continué según el plan cuando reparé en el chico que tenía delante y que estaba ojeando un mapa turístico de la ciudad. Pensé que si los turistas iban allí ex profeso, debería ser obligatorio que los residentes fuésemos al menos una vez. ¿No?
Además, dentro se estaba fresquito. Y el chico estaba muy bueno, un detalle menor.

Ambos hicimos el recorrido recomendado a poca distancia uno del otro, así que fuimos coincidiendo delante de las obras expuestas de cuando en cuando. Nos sonreíamos en cada cruce y a mí me daba buen rollo el chaval, con su polito y su pinta de niño bueno.
Me decidí a hablarle cuando llevaba un rato sentado en un banco frente a una imponente pintura religiosa en la que había una virgen, un niño y muchos angelitos.
Tal y como parecía, era muy simpático.
Y, al salir, aceptó mi invitación a tomar algo en una terraza ahora que había refrescado un poco.
Le acompañé a la residencia en la que se hospedaba y me ofrecí a enseñarle los mejores sitios de la ciudad al día siguiente.
Y al otro.
De pronto me vi quedando a diario con aquel chico que me estaba empezando a gustar mucho pero que, o bien no sentía lo mismo, o era de los que les costaba lanzarse. Porque, vamos, ni un roce de manita, ni un amago de acercamiento ni nada de nada.
Pero a mí me daba en el alma que yo también le gustaba. Así que una noche, como la décimo octava vez que nos vimos, lo arrinconé sutilmente en el portal de su residencia y le planté un beso en los morros. Uno que duró muy poquito porque en cuanto toqué sus labios se apartó como si los míos quemaran, entró y se fue a toda prisa por el pasillo.
Qué vergüenza más grande.
Me fui a mi casa colorada por el apuro y la rabia y pensando que ya no le vería más.
Sin embargo, me escribió a la mañana siguiente para tomar un café.
Me pidió perdón por la espantada, pero añadió que había sido un poco atrevido por mi parte.
Eh, ¿cómo?
Sí, me explicó, había sido un poco atrevido entrarle así a un seminarista en la misma puerta de la residencia del seminario.

Efectivamente, aquel chico iba para cura y acabó casado y con tres criaturas.
No inmediatamente, qué va. Se me hizo de rogar.
Al principio me dijo que no tenía ningún interés romántico en mí, pero que se sentía muy halagado y que le encantaría que fuésemos amigos.
Yo sobreviví al shock. Me di una colleja mental (con cuidado, que aún me dolía el cuello) por no haberme dado cuenta de lo que era, a pesar de los millones de pistas, e hice el esfuerzo. Negándome a mí misma que cada día me gustaba más que el anterior.
Le respeté y no volví a hacer nada que no habría hecho con cualquier amigo.
Por lo que nuestro siguiente beso, meses más tarde, me lo dio él a mí.
Y el tercero, el cuarto, el quinto y sucesivos ya fueron cosa de los dos.
Mi crisis existencial terminó cuando empezó la suya, pero, aunque cruzarse conmigo supuso romper con todo su proyecto vital e incluso laboral, su fe siempre ha sido compatible con lo que sentía.
Y con nuestro amor y la familia que formamos poco después.
Anónimo
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia REAL de una lectora
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