El verano está a la vuelta de la esquina, y como cada año, muchas madres y padres nos enfrentamos al problema de organizarnos en las vacaciones escolares. Los niños tienen por delante casi tres meses de vacaciones y no hay trabajador que yo conozca que tenga tantos días para cogerse, así que nos toca tirar de plan B.

Algunos tienen a los abuelos; sus padres o sus suegros se llevan a los niños al pueblo o vienen a sus casas cada día para quedarse con sus nietos. Otros papás se cogen una excedencia y se quedan con sus hijos. Y estamos los que tiramos de campamentos, colegios de verano y actividades en la ciudad donde vivimos.

Mi caso es un poco particular, y sé que me va a caer mucho hate por esto, pero yo prefiero llevar a mi hijo a un campamento de verano y seguir trabajando mis horas habituales.

Podría cogerme una excedencia, mi trabajo me lo permite y, ajustándome el cinturón, podría estar un verano sin ingresar un sueldo en mi casa. Pero prefiero trabajar, incluso durante el año voy echando alguna hora extra para ahorrar y con ese dinero pagarle a mi hijo un sitio donde dejarlo en verano. ¿Me sale a cuenta? Económicamente no, porque al final me gasto los ahorros en tener cubierto a mi hijo. Además, si echo cuentas, el dinero que me sobra del sueldo una vez pagados los campamentos es ridículo. A cualquier otra persona no le interesaría ir a trabajar por un beneficio real de apenas 200 o 300 euros.

Pero, por mi salud mental sí que me compensa. Y aquí es cuando se me van a echar encima todas las buenas madres…

Amo a mi hijo, lo quiero con locura, pero no aguanto estar con él las veinticuatro horas del día los siete día de la semana durante casi tres meses de verano.

Mi hijo tiene 7 años y mucha energía. Si pidiera una excedencia y me quedara con él en casa tendría que encargarme de organizarle el día a día, entretenerlo, jugar con él, lidiar con sus momentos de aburrimiento y gestionar su energía inagotable. Y lo siento, pero no. No quiero eso. Quiero sobrevivir al verano sin perder los nervios, sin gritar a mi hijo y sin convertirme en un ogro, cosa que pasaría si tuviera que lidiar con un niño aburrido todo julio y agosto.

A veces pienso que, si tuviéramos una casa en la playa o una segunda residencia en algún sitio, todo sería distinto. Entonces sí, me cogería la excedencia y me lo tomaría como unas vacaciones también para mí. Creo que tener entretenido a mi hijo con una playa o una piscina cerca, sería mucho más llevadero.

Pero tener metido a mi hijo en casa todo el verano, no entra dentro de mis planes. Sé lo que me vais a decir, que hay piscinas municipales y actividades que se pueden hacer en la ciudad, pero no. Paso de tener que coger un bus, pasar calor e ir como sardinas en lata, para llegar a una piscina pública abarrotada de gente. Que no puedes ni hacerte un largo nadando de lo llena que está la piscina olímpica. Y ya coger un sitio con sombra y césped para dejar la toalla, eso es para privilegiados.

Además, se ve el hecho de mandar a un niño a un campamento como un castigo, como una medida desesperada para deshacerte de tu hijo durante el verano. Nada más lejos de la realidad. Para mi hijo, ir a un campamento urbano no es una penitencia, sino una oportunidad para hacer nuevos amigos, jugar al aire libre, aprender nuevas cosas y, sobre todo, disfrutar de su infancia de una forma que yo, sinceramente, no podría ofrecerle en casa.

Yo no tengo la energía de un monitor de campamento. No tengo la paciencia para organizarle juegos todo el día ni para correr detrás de él sin descanso. Y sobre todo, no quiero que su único entretenimiento sea una pantalla mientras yo intento sacar adelante las tareas del hogar.

En el campamento se divierte, aprende y tiene un verano lleno de experiencias enriquecedoras. Y yo puedo seguir con mi vida normal.

Sé que a estas alturas del relato os lo estaréis preguntando… ¿y qué pasa con el padre de la criatura? El padre está presente, pero también trabaja, con horarios muy complicados y sin posibilidad de cogerse días libres o excedencias. Así que al final soy yo la que me encargo, la mayor parte del tiempo, del niño. La que tuvo que reducirse la jornada cuando el nene era un bebé, y la que tendría que renunciar a su trabajo, si eso fuera necesario, para cuidar de nuestro hijo en verano. Es así. Nos pasa a casi todas las madres y da para otro debate.

Pero no os penséis que somos unos monstruos, que nuestros quince días de vacaciones veraniegas nos cogemos y esos días no mandamos a nuestro hijo a las colonias: alquilamos un apartamento en la playa y pasamos unas bonitas vacaciones como la familia que somos.

Al final a las madres se nos juzga por todo, da igual lo que hagamos, así que yo decido hacer lo que creo que es mejor para mí y para mi hijo. ¿Realmente el niño estaría mejor con una madre agotada, estresada y sin ingresos? La respuesta la tengo muy clarita: yo soy mejor madre cuando estoy bien anímicamente, cuando no estoy saturada, cuando tengo mi espacio y mi independencia.

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.