Soy un poco torpe. Soy un poco despistada. Pero también soy buena gente y la alegría de la huerta. Al menos así me describen la mayoría de las personas que me conocen. Y por lo visto, siempre hago gala de estas mis cualidades, de una  manera u otra, una a una o todas a la vez.

Tengo dos hijas que juegan a baloncesto. Y me paso las tardes entre pabellones y carreteras, llevándolas a entrenar o a los partidos. A ellas solas o a veces también a alguna compañera que no tiene quien la lleve. Casi nunca fallo, así que soy una de las mamis de ambos equipos más presentes. Y, por tanto,  muchas veces me toca organizar salidas, fines de temporada y cosas varias. Bueno, me lo paso relativamente bien y mis hijas disfrutan.

El equipo de categoría infantil de mi hija pequeña no es muy bueno, que digamos, pero al menos se divierten y no se vienen abajo. Pero para el último partido, al parecer se alinearon los astros, y después de un partido muy ajustado, dos prórrogas eternas y un arbitraje tirando a regulinchi, nuestro equipo ganó de un punto.

La alegría se desbordó. Las niñas no paraban de saltar y bailar y los padres, aplaudíamos felices. Ante tal milagro, los padres dijimos que ese prodigio había que celebrarlo y que podríamos irnos a merendar algo todos juntos. 

Encabezando al grupo, en busca de un lugar para merendar, estoy yo, como un Marcus Brody cualquiera gritando “Seguidme, yo soy el camino”. Y haciendo gala de mi torpeza, me giro para preguntarle a las niñas que qué es lo que les apetece (hamburguesas), y me vuelvo a dar la vuelta  justo para comerme una farola. La farola más grande, alta y dura que haya existido jamás. Que cómo no la vi. Bueno, pues entre la alegría del momento y mi despiste habitual, pues ale, fui la primera en merendar.

Del porrazo que me doy, caigo de culo al suelo. Me echo las manos a la cabeza, apretando la frente, para intentar atenuar el dolor. Todos corren a socorrerme. Ninguno se ríe, porque la torta ha sido de campeonato y están preocupados. Me duele tanto, que ni me avergüenzo. Me levantan y con miedo, retiro las manos de la cara y las miro. Bueno, sangre no hay, pero la cara de mi marido es un poema. Vale, el chichón está creciendo por momentos, así que un padre, saca el botiquín de las emergencias y me da una bolsa de hielo seco que aplico en seguida en la zona que más me duele.

Les pedimos al grupo que sigan adelante y que nos esperen en el local que decidan, que ya nos pasen la ubicación y llegaremos en un plis. Necesito que deje de haber tanta gente mirándome, porque me estoy agobiando. Me estoy mareando y empiezo a tener náuseas y dolor de cabeza. La gente se va y mi marido y mis hijas me sientan en un banco, mientras me abanican.

No me veo con fuerzas para ir a ninguna celebración. Así que le pido a mi marido que se disculpe por mensaje con los del equipo, que me lleve al coche y que nos vayamos para casa. Él me propone ir al médico, pero a mí me da vergüenza tener que explicar cómo me he hecho ese chichón, que se ha vuelto enorme y está cambiando de color a un morado intenso. Sólo quiero descansar.

Al día siguiente, cuando me levanto para ir a trabajar, sigo con dolor de cabeza, mareo y la visión un poco borrosa, pero pienso que con una buena ducha y un café bien cargado, se me pasará.

Me dirijo al trabajo andando (por suerte, trabajo cerca). Pasan un par de horas y mi jefa se planta delante de mi mesa.

¿Estás bien? ¿Te pasa algo? No, estoy un poco cansada, pero bien. ¿Estás segura? Sí, ¿por? 

Además de llevar las gafas de sol puestas en la oficina porque hoy, “extrañamente” me molesta la luz de los fluorescentes, por lo visto, cuando hablo, me lio con ciertas palabras, hago pausas extrañas, a ratos parece que “pierda la wifi” y me quedo mirando al vacío, el informe que le he pasado hace unos minutos es inteligible (con lo satisfecha que me he quedado cuando lo he terminado), en el office, he puesto la cafetera dentro de la nevera, he pedido fiesta un sábado y un domingo (cuando yo sólo trabajo de lunes a viernes) y en el mismo momento de la conversación estoy cargando la grapadora con chinchetas, en lugar de con grapas.Cuando mi jefa, amablemente, me lo hace ver, me quedo fuera de juego. Y le explico que ayer me dí un golpe muy fuerte en la cabeza (no menciono la farola).

Me recomienda que deje el trabajo y que vaya en taxi a un hospital. Decido hacerle caso.

Me hacen un tac de urgencia y me diagnostican de conmoción cerebral leve post contusión. Que repose un día o dos y que controle que los síntomas, aunque normales,no vayan a más. En la anamnesis, KO por farolazo. El resultado del partido: Farola 1 – yo 0. Asumo mi derrota, qué remedio.