De verdad, el vestido es lo de menos. Al final, un vestido es un trozo de tela, más o menos bonito, con más o menos valor sentimental… pero prescindible.
El problema viene cuando alguien intenta hacerte ver lo blanco negro, hacerte creer que estás loca o que inventas cosas, dándole la vuelta a todo para quedar por encima.
Yo tenía un vestido que me encantaba. Era de marca, me lo compré con mi primer sueldo, y aunque no era nada del otro mundo para los demás, para mí tenía un valor especial. Desde que mi amiga lo vio, me dijo que le encantaba y que algún día quería que se lo prestara. Yo, que suelo prestar mi ropa sin problema, con ese vestido dudé. Le dije que sí, pero pensando que no se atrevería a pedírmelo.
Pues hace poco lo hizo. Me lo pidió para una boda. Me costó decir que sí, pero no quería quedar mal ni desdecirme. Se lo dejé junto con un bolso y unos pendientes a juego, ahorrándole así una buena pasta.
Ese vestido no se podía lavar en lavadora, había que llevarlo a la tintorería, cosa que ella sabía perfectamente. Yo pensaba que se haría cargo… pero no. Cuando me lo devolvió —sucio, por cierto— vi un agujero como de cigarrillo, justo en la parte delantera. Se lo dije, y la muy zorra me dijo que ese agujero ya estaba. ¿Perdona? Me hervía la sangre.
Le recordé que cuando se lo probó en mi casa estaba perfecto, que incluso había pasado por la tintorería sin que nadie viera daño alguno. Pero ella insistió en que no iba a pagarme el vestido y que yo me lo estaba inventando para sacarle dinero.
Lo fuerte es que yo jamás le habría pedido que me lo pagara. Es un modelo antiguo que ya ni se vende. Si hubiera sido sincera y me hubiese dicho que lo quemó, no habría pasado nada. El problema es la actitud: en lugar de responsabilizarse, me atacó para defenderse.
Así que, por querer ser generosa, he perdido un vestido y una amiga. Y lo peor no es lo que se quemó, sino lo que se rompió para siempre.