Durante mucho tiempo fui una de esas afortunadas que tenía una amiga del alma. Una de esas que llevaba en la vida de la otra desde el colegio. Nos conocimos en el primer curso de primaria y tardamos segundos en hacernos inseparables. Era ella mi persona y yo era la de ella. Crecimos juntas, casi como hermanas. Fuimos al mismo instituto y, no sé si por falta de personalidad de alguna de las dos o por la propia compatibilidad de caracteres, acabamos estudiando también la misma carrera. En general nos gustaban las mismas cosas. Era muy fácil ser amigas porque compartíamos el resto de nuestras amistades, estudios y aficiones. Convivimos un tiempo. Llegamos a trabajar juntas incluso, en una empresa en la que las dos entramos de prácticas.
Pues nada afectó a nuestra amistad, ni los roces de la convivencia, ni los de pasar demasiado tiempo juntas, nada. Hasta que llegó Él.
Él es un chico que conocimos a través de otro amigo común. Acababa de mudarse y apenas conocía a nadie. Así que lo metió en el grupo un poco a calzador. Aunque no tardó en integrarse, porque además de monísimo era supersimpático, el chaval. Hasta en eso estábamos de acuerdo mi amiga y yo: en lo mucho que molaba el recién llegado de la pandilla.

La verdad es que no me di cuenta de que le hacía tilín. Creo que porque estaba demasiado ocupada en que a mí también me lo hiciera. Recuerdo haber tenido conversaciones sobre él y, visto en perspectiva, tengo la sensación de que cualquiera hubiera visto, desde fuera, que las dos estábamos pilladísimas. Solo que a nosotras los árboles nos impidieron ver el bosque. Las dos pensábamos que la otra comprendía que lo que estábamos diciendo era que nos gustaba. Ambas interpretamos que la otra nos estaba siguiendo el rollo. Es decir, juro que yo no me cortaba en expresar que me ponía. Sin embargo, por lo que supe después, ella creía que yo era consciente de que ella se estaba pillando y yo solo le daba la razón. Y yo… pues lo mismo. Un despropósito, vaya. Un malentendido del tamaño del Everest. Una falta de comunicación de tres pares.
Para cuando nos dimos cuenta, una de las dos ya había pasado de nivel y empezado un tonteo que no tardaría en ser una relación seria y oficial. Porque conocerle fue el inicio del fin, al menos de la confianza que nos teníamos. No sé ella, pero yo no lo había hecho aposta. No sé por qué no le dije a las claras que quería algo con él. Quizá fue algo inconsciente, tal vez sí nos vimos como las rivales que éramos y por eso no lo hablamos como cualquier otra cosa para la que, hasta entonces, habíamos tenido confianza absoluta la una en la otra.

Y así fue como, después de más de veinte años, la amistad se acabó porque nos gustaba el mismo y me lo quedé yo. Lo cual me duele, porque fue mucho tiempo una de las personas más importantes de mi vida y ahora nos encontramos en la calle y nos hacemos las locas. No me parece justo, las dos actuamos igual. Pero ella rompió totalmente conmigo cuando se enteró de que nos habíamos enrollado unas cuantas veces. Nunca sabremos si yo habría actuado igual en el caso de que, el que hoy en día sigue siendo mi pareja, se hubiera fijado en ella y no en mí. Aunque yo creo que no lo hubiera hecho.
Puedo entender el cabreo inicial, lo que no entiendo es que nunca se bajara de él. Yo no me lie con su novio, ni siquiera con un ligue suyo o un crush del que estuviera al tanto como Dios manda. Me lie con un chico que me gustaba a morir y se lo conté unas cuantas semanas después. De verdad estoy convencida de que, si la situación se hubiese dado al revés, en la actualidad seguiríamos siendo amigas.
Anónimo
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