Manual para quererse sin morir en el intento 

Tamara tenía treinta y dos años, una gata coja llamada Rosquilla y un talento especial para complicarse la vida. A simple vista, todo parecía ir bien: un trabajo estable, amigas con las que salir a tomar cañas y un piso pequeñito pero apañado en Vallecas. Pero si alguien pudiera meterse en su cabeza, encontraría el caos absoluto: un reality show mental protagonizado por un jurado implacable que evaluaba cada aspecto de su vida. 

—Hoy, Tamara se enfrenta a un desafío titánico: salir de casa sin maquillaje. ¿Logrará soportar las miradas de desaprobación del mundo exterior? —se burlaba esa vocecilla interior que sonaba a tertuliana de telebasura. 

Cada día era lo mismo. Si se ponía un vestido ajustado, la voz decía: “¿De verdad te crees que puedes llevar eso con esas cartucheras?” Si decidía pasar de arreglarse, la crítica era: 

“Madre mía, parece que te has escapado de una comuna hippie”. 

Pero la verdadera gota que colmó el vaso llegó un martes, cuando Tamara estaba en casa, comiendo pizza directamente de la caja (porque platos, ¿para qué?). Su mejor amiga, Diana, entró sin avisar. 

—Pero nena, ¿otra vez en modo ermitaña? ¿Qué te pasa ahora? Tamara se encogió de hombros mientras daba un mordisco a la pizza. 

—Pues nada, lo de siempre. Que estoy gorda, fea y seguramente moriré sola con Rosquilla como única testigo. Y encima me ha salido un grano en la frente que parece el Vesubio.

Diana, que no era precisamente de las que iban con rodeos, dejó el bolso en el sofá y cruzó los brazos. 

—Vale, ya está bien. Te pasas el día hablándote como si fueras la villana de tu propia vida. Te voy a apuntar a algo. 

Tamara frunció el ceño. 

—¿A qué? ¿A un taller de autoayuda de esos donde la gente se abraza? 

—No, mejor. Una aplicación experimental que he visto. Se llama AmateApp. Está diseñada para gente como tú, que necesita aprender a quererse de una maldita vez. 

Tamara se rio con desgana. 

—¿Y qué hace? ¿Me manda frases motivadoras en plan Mr. Wonderful? Paso, eso no funciona conmigo. 

Diana sonrió con malicia. 

—Eso es lo mejor. La app te habla como si fueras otra persona. Es como tener una versión tuya empoderada, pero más divertida y menos gilipollas. 

Al día siguiente, Tamara, movida por la curiosidad y porque no tenía nada mejor que hacer, descargó la dichosa aplicación. Al abrirla, un avatar que era básicamente ella misma, pero más guapa y con mejor postura, apareció en la pantalla. 

—¡Hola, guapa! Soy Tamara 2.0, tu nueva coach de amor propio. Prepárate, porque voy a hacer que te enamores de ti misma. Y no te preocupes, aquí no hay frases cursis, solo verdades como puños. 

Tamara soltó una carcajada. 

—Venga ya, esto parece un anuncio de teletienda.

El avatar puso los ojos en blanco, como si realmente pudiera escucharla. 

—Sí, claro, ríete. Pero dime una cosa: ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo y pensaste: “Qué tía más maja soy”? 

Tamara se quedó callada. 

—Exacto. Ahora, vamos a cambiar eso. Cada día te voy a dar retos para que te trates como lo que eres: una reina. 

Y así empezó la aventura. 

El primer reto fue sencillo: «Mírate al espejo y sonríe, aunque sea como una idiota. Aguanta diez segundos». Tamara pensó que era una tontería, pero lo hizo. Y algo cambió. Se sintió un poco menos seria, menos gris. 

El segundo reto fue más complicado: «Hoy, cuando te critiquen, responde con humor en vez de quedarte callada». 

El momento llegó en el trabajo, cuando su compañera Marta, conocida por sus comentarios pasivo-agresivos, soltó: 

—¡Qué valiente, Tamara! Ponerte ese vestido tan… atrevido. 

Normalmente, Tamara habría fingido una sonrisa incómoda y se habría callado. Pero recordó el reto. 

—Gracias, Marta. Tú también eres valiente, con ese moño tan original…¿Has hecho como los diseñadores? Ya sabes, que se inspiran en lo cotidiano para crear sus obras, porque me recuerda una barbaridad a un nido de pájaros. 

Las carcajadas del resto de compañeros fueron música para sus oídos. Por primera vez en mucho tiempo, Tamara sintió que tenía el control, aunque el pinchazo de culpabilidad por soltar aquello no tardó en hacerse presente.

Pero el verdadero test llegó en una cena familiar. La abuela Palmira, una mujer que parecía haber nacido para criticar, no tardó en sacar su artillería. 

—¿Y tú qué, Tamara? ¿Sigues sin novio? Claro, con esos kilos de más, cualquiera se atreve. 

Tamara sintió cómo su cara se encendía. Pero justo cuando iba a hundirse, recibió una notificación de la app: «Palmira está proyectando sus frustraciones. Responde con amor o humor, pero QUE VIVA EL DRAMA». 

Respiró hondo y, para sorpresa de todos, respondió: 

—Claro, abuela, estoy tan irresistible que prefiero mantener a los hombres a raya ¿Te imaginas el desastre si permitiera que media humanidad fuera detrás mía? 

El silencio se rompió con risas. Incluso Palmira sonrió, aunque fuera por inercia. 

Tamara llevaba un mes con AmateApp y, contra todo pronóstico, empezaba a notar cambios. 

El espejo ya no era su enemigo mortal, los comentarios venenosos de Marta en el trabajo le resbalaban, y hasta la gata Rosquilla parecía más contenta con su nueva dueña «empoderada». Pero aún había una batalla pendiente: los lunes. 

Los lunes eran su kryptonita. Sin fallar, cada semana se levantaba tarde, malhumorada y con una lista interminable de cosas por hacer que ya daban pereza antes de empezar. Pero ese lunes fue diferente porque la app decidió que era el día perfecto para uno de sus retos estrella: 

«Hoy, cada vez que te pase algo malo, tienes que buscarle el lado bueno. Y sí, incluso cuando tu jefe te haga trabajar más de la cuenta o te manches con café». 

Tamara bufó al leerlo mientras se preparaba para salir de casa.

—¿Lado bueno de que sea lunes? ¿Que al menos no me ha atropellado un camión? 

El universo, con su ironía habitual, parecía dispuesto a ponerla a prueba. Primero, se le rompió el tacón al salir del metro. Luego, un niño pequeño decidió convertir su vestido blanco en un lienzo de chocolate mientras su madre ni se inmutaba. Por último, su jefe le encargó un informe «urgente» que había que entregar antes de las seis. 

Pero Tamara, en lugar de explotar, se sorprendió a sí misma cumpliendo el reto. 

—Bueno, con el tacón roto no tengo que preocuparme por llevar tacones todo el día. El chocolate… en fin, ahora mi vestido tiene más personalidad. Y el informe… mira, al menos tengo excusa para saltarme la reunión de las cuatro. 

Esa noche, mientras se quitaba los zapatos y se dejaba caer en el sofá, se dio cuenta de algo importante: su vida no era más fácil, pero ella sí lo estaba siendo consigo misma. 

Aunque la app no tardó en lanzar un reto nuevo, y este sí que le pareció una tortura psicológica: 

«Sube una foto tuya, sin filtros ni retoques, y escribe tres cosas que te gusten de ti misma. No te preocupes, nadie va a señalarte con antorchas». 

Tamara resopló mientras miraba su galería del móvil. La mayoría de sus fotos eran selfies estratégicos con ángulos calculados, filtros que borraban sus ojeras y poses que escondían lo que ella llamaba «sus defectos». 

—¿Sin filtros? Claro, venga, ¿Y qué más? ¿Me rapo la cabeza y me tatúo «auténtica» en la frente? 

Pero, después de veinte minutos de quejas, respiró hondo, se hizo una foto en pijama y cara lavada, y escribió:

«Hoy me atrevo a mostrarme tal cual soy. Lo que me gusta de mí: mi sonrisa, que siempre encuentra un motivo para salir; mis brazos, que han abrazado a mucha gente a la que quiero; y mi sentido del humor, porque si no me río de mí misma, ¿quién lo hará?» 

Cuando pulsó el botón de publicar, Tamara sintió como si se hubiera tirado desde un trampolín altísimo. Pero los comentarios empezaron a llegar: 

— «Eres preciosa, Tamara.» 

— «Gracias por recordarme que la autenticidad también es belleza.» — «¡Esa sonrisa ilumina todo Vallecas!» 

Por primera vez, en lugar de buscar defectos en sus fotos, encontró razones para gustarse. 

Después del incidente en la cena familiar, Tamara pensó que había ganado la batalla contra su abuela Palmira. Pero la mujer, que tenía más vidas que un gato, contraatacó con una invitación inesperada: 

—Este sábado vienes conmigo al mercadillo. Quiero que me ayudes a elegir ropa, que últimamente todo me queda fatal. 

Tamara casi se atraganta con el café. 

—¿Yo? ¿Contigo? ¿De compras? 

—¿Por qué no? Aunque bueno, si estás muy ocupada con tus cosas de soltera… La app intervino con una notificación urgente: 

«Esto es una oportunidad, Tamara. Si sobrevives a Palmira en el mercadillo, sobrevives a cualquier cosa». 

El sábado, armada con paciencia y zapatillas cómodas, Tamara se presentó en casa de Palmira. El paseo por el mercadillo fue… intenso. Palmira probaba vestidos y soltaba perlas como:

—¿Crees que este me hace parecer muy mayor? Aunque claro, tú no entiendes de eso porque estás en «la flor de la vida». 

Pero esta vez Tamara no mordió el anzuelo. En lugar de enfadarse, respondió con algo que ni Palmira esperaba: 

—Abuela, si te lo pones con ese bolso rojo que tienes, no hay quien te haga sombra. 

Palmira la miró, sorprendida, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad. 

Llegó el cumpleaños de Diana, y como buena anfitriona, organizó una fiesta temática: «Sé tu yo más auténtico». Tamara, que normalmente huía de los disfraces y de ser el centro de atención, decidió ir a lo grande. 

Se presentó con un vestido ajustado que llevaba años guardado en el armario porque «no era para su cuerpo», el pelo suelto y una sonrisa deslumbrante. Al entrar, todas las miradas se dirigieron a ella. 

—¡Tamara, estás increíble! —gritó Diana desde la cocina. 

Esa noche, Tamara bailó como si no hubiera un mañana, se rió hasta que le dolió la barriga y, por primera vez, no se preocupó por cómo la veían los demás. 

Mientras volvía a casa, recordó las palabras de su avatar: «Cuando aprendes a gustarte, el mundo se ajusta a esa energía». 

Y vaya si era verdad. 

Los meses fueron pasando, sin pausa pero sin prisa a medida que poco a poco comenzaba a ver cambios más evidentes en sí misma, hasta que una mañana, Tamara se despertó, fue al baño y se miró al espejo. 

Llevaba el pelo revuelto, tenía una marca de almohada en la mejilla y aún tenía los ojos medio cerrados. Pero en lugar de lanzar una crítica automática, se miró con cariño.

—Pues oye, no estoy tan mal. 

Y esta vez lo dijo en serio. Era como si todas las piezas del puzzle hubieran encajado. No porque fuera perfecta, sino porque había dejado de buscar serlo. 

Ese día, desinstaló AmateApp. No porque ya no la necesitara, sino porque ahora era ella quien se daba esos consejos. 

La revolución de Tamara había llegado a su fin. 

Y por primera vez, frente al espejo, se dio ‘like’.

 

Themis

**Relato de ficción**