El día de su boda, mi hijo amaneció radiante. El cielo estaba despejado, hacía muy buen día y todo parecía alinearse para que fuera el día perfecto que habíamos imaginado durante tanto tiempo. Mi hijo y su novia, estaban felices, y yo también, aunque no pude evitar tener un pequeño nudo de preocupación en mi estómago. Supongo que todas las madres sentimos algo parecido cuando vemos a nuestros hijos dar pasos tan importantes en la vida. Quería que todo saliera perfecto y tenía muchas ganas de verle feliz. 

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La ceremonia fue preciosa, íntima y llena de emoción. El amor que desprendían era palpable, y mientras intercambiaban sus votos, tuve que contener mis lágrimas. Estaba tan orgullosa de mi hijo, de la persona en la que se había convertido y del amor que había encontrado su pareja. Después de la ceremonia, todos nos dirigimos al convite y todo siguió con normalidad.

Cuando llegó la noche y justo antes de ir hacia la discoteca móvil que habían preparado, nos pararon a todos en el exterior, para una sorpresa que habían preparado. Después de un rato sin saber qué hacer o dónde mirar, de repente un cohete estalló en el cielo llenando todo de luz y color.  Entonces empezó a sonar su canción y continuó el espectáculo de fuegos artificiales.

Fue un momento precioso. Todos los invitados grababan con sus teléfonos y mi hijo y su novia se abrazaban disfrutando del momento.

Todo parecía perfecto, hasta que uno de los cohetes estalló demasiado cerca.

Fue todo muy rápido, hubo un estallido fuerte, mucha luz, gritos de sorpresa y entonces, mi hijo en el suelo.

Los cohetes se detuvieron y cundió el pánico. Los invitados corrieron, algunos huyendo y otros a ayudar a mi hijo, y los trabajadores se movieron rápido y empezaron a hacer llamadas.

Había gente llena de escombros del cohete y con heridas leves, pero al parecer la peor parte se la llevó él.

Corrí hacia mi hijo, empujando a las personas que intentaban alejarse del peligro. Su mujer estaba arrodillada a su lado, dándole la mano, y él estaba consciente, con varias quemaduras en la ropa y en los brazos, mientras repetía “estoy bien, estoy bien”.

Intenté mantener la calma, pero entré en pánico.

La ambulancia llegó enseguida y le atendieron allí mismo, tanto a él como a algunos invitados que tenían quemaduras muy leves y a mi por los nervios.

Al parecer, fue más el susto que el daño en sí. Mi hijo insistió en seguir la fiesta y no terminar la boda de esa manera, pero los invitados ya estaban asustados e incluso algunos se fueron cuando supieron que ya estaba todo bien. El ambiente de la fiesta se había hundido y los trabajadores nos recomendaron cambiar la discoteca por unos cócteles nocturnos con la banda tocando y así no hacer un choque tan grande con el ánimo actual. También pidieron que nos desplazáramos de ese lugar, para aclarar la situación con la empresa de fuegos artificiales.

Así lo hicimos. Los invitados que quedamos, terminamos la noche entre risas, en un ambiente más tranquilo y con mojitos.

No fue lo que habían planeado, pero podría haber ocurrido una desgracia y, dentro de lo que cabe, fue todo bien.

Ahora no es más que una anécdota, que fue seguida de responsabilidades civiles y de procesos legales, pero mi hijo no dejó que le hundieran su día más especial.