En aquel momento aún no lo sabía, pero mi madre es muy guay. En serio, es la mejor. La adoro desde que recuerdo, aunque, cuanto mayor me hago, más la admiro. Es mi total y absoluto referente para todo en la vida. En especial, desde que yo misma me convertí en madre. He buscado ayuda, consejo y consuelo en ella en cada etapa de mi vida, y en esta ha sido más crucial que nunca. Bueno, creo que con solo unas líneas ya es evidente que la relación que tenemos es espectacular. Me joroba decir que no fue así siempre, pero lo cierto es que durante la adolescencia mi concepto de ella cambió. Ya sabéis cómo va, de una forma u otra, todos pasamos por ahí. Fue solo una temporadita, además. Y fue en esa temporada cuando mi madre decidió tener conmigo ‘la charla’, como dicen en las películas. Esa manida, terrible y muy necesaria conversación sobre sexo seguro y demás.

 

A pesar de que en mi casa se hablaba de sexo con normalidad y naturalidad, mi madre consideró que era necesario ampliar el tema cuando se enteró de que estaba medio saliendo con un chaval del barrio.

 

Yo tenía 15 años, las hormonas rozando la estratosfera y 0 ganas de hablar de ello con mi madre. Pero tampoco me dio opción. No me quedó más remedio que escuchar la chapa sobre embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual, consentimiento y respeto que me soltó y de la que yo me consideraba más que enterada. Sin embargo, la mujer supo captar mi interés con la segunda parte de la charla que tenía preparada.

Porque, una vez se aseguró de que sabía cómo protegerme, mi madre quiso también que supiera cómo obtener placer. Por lo que me dijo, ella había tardado demasiado tiempo de su vida sexual activa en tener un orgasmo, y no iba a permitir que a mí me pasara lo mismo. Me preguntó si me tocaba, si sabía cómo hacerlo para llegar a correrme, y si ya había tenido relaciones.

Creo que no salí corriendo de casa porque la situación me pilló tan de sopetón que mi cerebro no era capaz de darle órdenes a mi cuerpo.

Roja como un tomate y paralizada por la sorpresa, me limité a negar con la cabeza (no me había masturbado nunca y no me había acostado todavía con nadie) y a escuchar a mi madre explicarme que mi placer era tan importante como el de la otra persona y que el sexo no se reducía a la penetración. Me habló de preliminares, de lubricación, de estimulación del clítoris y de alguna cosa más que ya no me acuerdo. No sé si por el shock o porque de eso hace ya muchos años.

Recuerdo que me levanté de la silla en cuanto me pareció que ella ya no tenía más que añadir. No sé si llegué a darle las gracias… Lo que sí sé es que no tardé en agradecerlo de verdad. Porque tampoco tardé mucho en poner en práctica todo lo que me había contado. Y porque mi vida sexual fue maravillosa incluso desde los inicios, esos que fueron mucho menos torpes de lo que cabía esperar, gracias a sus consejos.

Ahora soy yo la que tiene una hija adolescente, me toca a mí sentarme con ella y no dudéis que la conversación se va a parecer mucho a la que tuve con su abuela. Porque la charla de sexo que me dio mi madre no fue ni medio normal, pero a mi yo actual le parece sublime.

 

 

Paloma

 

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