¿Decidimos operarnos para mejorar nuestra autoestima o es simple y llanamente la presión social quien juega el papel más decisivo a la hora de dar el paso? Sea como fuere, ya os adelanto que este texto nace únicamente de la necesidad de contar mi experiencia personal, más allá de señalar con dedo acusador y palabras de superioridad moral a todas aquellas personas que deciden entrar a quirófano.

Yo fui una de esas mujeres que se dejó llevar por las opiniones ajenas, por esos comentarios maliciosos que la mayoría de mi entorno se dedicó a verter sobre mi cuerpo durante toda mi vida. De pequeña ya era una niña gordita, pero lo cierto es que, en aquellos primeros años de mi infancia, nunca tuve mayor problema con mi peso desde el punto de vista social ni tampoco psicológico. Tenía mis amigos como cualquiera, me gustaba mi cuerpo, nadie se burlaba de mí y se podría decir que, hasta la adolescencia, fui una niña la mar de feliz e ignorante de que mi cuerpo no encajaba en los cánones de belleza.

Fue durante el instituto que mi vida se convirtió en una pesadilla de insultos y vejaciones, que hicieron de mi día a día un verdadero suplicio. Aquella época marcó un antes y un después en cuanto a mi propia percepción física y mi autoestima, que quedó tan machacada que era prácticamente inexistente. Hasta hacía poco no tenía ningún problema con mis curvas, pero las palabras de los demás me hicieron creer que eran ellos quienes estaban en lo cierto.

Solo ahora, después de pasar por un auténtico infierno, me doy cuenta de que nunca se trató de lograr una visión más positiva de mi cuerpo para mí misma, sino para los demás. Los años pasaron y un día me levanté y decidí que estaba harta de ser «la chica gorda» del instituto, de la universidad, del barrio, del trabajo, de la familia. Después de mucho fantasear con la idea de tener lo que todos consideraban un cuerpo bonito, me puse a investigar hasta que di con una clínica y decidí que la cirugía bariátrica era lo único que me haría ser feliz.

Lo que yo no sabía entonces es que aquella decisión, por poco, me cuesta la vida. Aquel día, entré al quirófano con toda la ilusión y todos los nervios del mundo, diciéndome que todo saldría perfecto. Conocía a varias chicas que se habían sometido a esta cirugía y, en ese sentido, me encontraba tranquila, ya que en ningún momento me paré a pensar que nada malo pudiera suceder; al fin y al cabo, se trataba de cirugías que ya estaban a la orden del día, nada complicado a mi modo de ver.

Y así fue hasta que, una vez en quirófano, cuando ya habían prácticamente finalizado la intervención, las cosas empezaron a salir mal. Debido a una serie de complicaciones médicas, sufrí un paro cardiorrespiratorio que me dejó al borde de la muerte. Debido a la falta de oxígeno que sufrió mi cerebro durante el tiempo que el equipo médico dedicó a reanimarme, pasé dos meses en coma. Obviamente, yo no fui consciente de nada de lo que aquí estoy contando, pero mis padres sufrieron cada día y cada noche que pasé intubada en aquella camilla, sin responder a ningún estímulo. Los médicos les decían que desconocían cuándo iba a despertar o si llegaría a hacerlo y que, debido a la falta de oxígeno, los daños cerebrales podían ser irreversibles.

Casi dos meses después, cuando volví a abrir los ojos como si nada, mis padres se echaron a llorar como nunca antes les había visto, locos de felicidad y muertos de miedo, ya que todavía desconocíamos la magnitud de los daños. Por suerte, a día de hoy me encuentro perfectamente y, meses después, pude hacer una vida normal. Sí, he perdido bastante peso, pero lo cierto es que, después de todo lo que pasé en aquel hospital, mi apariencia física vuelve a ser lo de menos una vez más.

Hace no mucho leí que las operaciones de cirugía estética en mujeres han aumentado un 215% en los últimos ocho años. ¿Os habéis parado a pensar qué pasaría si un día, cada una de las mujeres del mundo, nos levantásemos y decidiéramos que nuestros cuerpos son maravillosos tal y como son? La cantidad de negocios e industrias que se irían a la mierda se contarían por miles. Ojo, yo siempre he defendido a capa y espada la libertad individual de cada una con respecto a la opción de modificar o no sus cuerpos, pero estos datos son para echarle una pensadita.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.