Podemos identificar el momento histórico exacto en el que todo pelo por debajo de las cejas comenzó a ser un problema para las mujeres: cuando Gillette se dio cuenta de que podía engordar su negocio a costa de nuestras inseguridades, allá por 1915. Lo mismo pasó con la celulitis, por cierto: en 1968, Vogue publicó en Estados Unidos un artículo en el que instaba a perder esa grasa y a tratar como un defecto algo que es puramente biológico. La influencer curvy Marina Llorca tiene un reel muy ilustrativo sobre el tema.

Me topé en un Tiktok con un vídeo explicando ese nefasto y vergonzante episodio de Gillette y la depilación femenina, pero se llenó comentarios indignantes: los de mujeres agradecidas por asentar prácticas más “higiénicas” y los de hombres igualmente agradecidos por hacer los cuerpos de las mujeres más fácilmente consumibles.

José Luis, si te hubieras fijado bien en el cuerpo de una tía más allá de lo que ves en el porno, sabrías que naturalmente tiene pelos. Las que no tienen pelos son las niñas. ¿Eres un pedófilo, José Luis? No, ¿verdad? Entonces cállate, cómete ese coño lleno de ricitos sin rechistar y, si se te queda un pelo en la lengua, lo escupes y sigues con la tarea. No te vas a morir.

Pero a quienes hoy me dirijo especialmente es a esas Maricarmens que son colaboracionistas necesarias de esa alianza tan rentable entre capitalismo y patriarcado. Me refiero a todas esas que dicen: “Pues yo me depilo porque quiero”.

NO, MARICARMEN. Tú no te depilas porque quieres. Tú te depilas porque:

a) Lo tienes aprehendido.

b) No eres capaz de dejarlo de hacerlo, no sea que te juzguen.

NO HAY MÁS OPCIONES. Y es insultante que te creas una librepensadora superior al resto que obedece únicamente a sus deseos, impermeable a la maquinaria de la publicidad, capaz de escapar a los tentáculos del sistema, y sientas que todo lo que haces nace de tu libertad personal.

Para la Maricarmen de turno, las que estamos oprimidas somos las demás, que somos incapaces de separarnos de esas prácticas que detestamos por temor al juicio social. Ella, como peona necesaria, nos juzga y nos hace sentir mal por débiles: “Si no te gusta depilarte, no te depiles, nadie te obliga. Y, si te depilas solo porque te importa lo que piensen de ti, el problema lo tienes tú”.

Maricarmen, si tú no hubieras oído a tus tías o vecinas decir que tenían cita para la cera; si tu propia madre no te hubiera llevado a la esteticista a quitarte el entrecejo o el bigote por primera vez; si tus amigas no hubieran preguntado “¿Pero va a haber chicos en la piscina esta tarde? Es que estoy sin depilar”, y un largo etcétera, tú NO te depilarías. Ni se te pasaría por la cabeza.

hubieras vivido feliz de la vida pensando que Sofía Loren es una diva, porque lo era y lo es, con sus peláncanos asomando tan campantes desde el sobaco, estando ella en bañador o en palabra de honor en un evento. Antes de aquel anuncio de Gillette, a ninguna se nos habría ocurrido pensar que algo sobraba en ella, ni en Madonna, ni en Julia Roberts ni en otras tantas que se han atrevido a posar para fotos o revistas sin llevar ciertas zonas como el culito de un bebé.

Tengo el láser hecho en la mitad de mi cuerpo, no vengo a juzgar a nadie que se depila, menos aún a nadie que se deja los pelos crecer (envidia es lo que me dan por poder hacerlo). Tampoco a nadie que se pone labios o pómulos, o que tiene que maquillarse como una puerta antes de salir de casa, o que no sale si siente que no tiene nada decente que ponerse. Lo mejor para superar todo esto es la terapia, pero, si aún así no podemos vencer las inseguridades, nadie nos tiene por qué juzgar.

Las que sí me repatean, aunque no tanto como los hombres que creen que estamos hechas para su placer, son las aliadas del machismo. Las que se creen que Cristina Pedroche elige “libremente” ponerse prácticamente en bolas con un frío siberiano cualquier 31 de diciembre.

Son siglos de imposiciones y de maquinaria publicitaria bien engrasada que nos muestra el camino de cómo debe ser una mujer. Lo consideras libre elección y solo es obediencia. Un poco de espíritu crítico pido.