En el ocaso de mi adolescencia, qué tiempos aquellos, empecé con mi primer novio. En los 4 años que duramos, no salí del efecto halo que me generaba. Lo tenía todo: inteligente, audaz, divertido, trabajador y sabía desenvolverse perfectamente en el mundo. Nos llevábamos casi 5 años, pero a eso se sumaba que a él le había tocado vivir una vida muy diferente a la mía, sin padre y con una madre estricta, crítica y emocionalmente distante.
Viéndolo con perspectiva, hoy sé que aquello fue una relación muy desequilibrada. Normalicé que él me viera como una cría mimada que no tenía ni idea de nada, pero ya estaba él para enseñarme.
Cuando le conté lo mal que lo había pasado con un chico del instituto, bufó y me dijo que eso no era ningún drama y que madurara ya.
Me dejó más de una vez en casa esperándolo, ya arreglada, porque él se había encontrado con cualquier amigo y le había parecido mejor compañía que yo.
En una ocasión, posó para una foto con un bolso en una actitud cómica que me hizo reír. Me dijo que no había entendido la referencia, y me explicó que solo estaba imitando a mis amigas con sus actitudes de tías básicas.
La traca final fue la ruptura. Me dejó y al día siguiente me llamó para decirme que se lo había pensado mejor. Me volvió a dejar meses después por el mismo motivo que la vez anterior: ya no me quería. Pero a mí me llegó un mensaje anónimo al móvil en el que decía: “Tu novio te dejó porque se tiraba a otra”. Tuve que hacer un auto de fe para creerme que no había pasado nada con una de sus compañeras de máster, aunque todas las señales apuntaban a la infidelidad.
Luego nos llevamos otro año y medio teniendo relaciones esporádicas. Yo buscando los encuentros con esperanza de volver, él por entretenimiento.
Pese a lo que pueda parecer, ni lo culpo, ni lo recuerdo con rencor ni me eximo de la responsabilidad de no haber puesto límites, sobre todo, en la postruptura.
Simplemente, la relación fue uno de los múltiples aprendizajes de la vida. Quizás la experiencia con él me ayudó a identificar claramente al amor de mi vida cuando se presentó tres años después, que es mi pareja actual.

Su nueva vida
Aquel novio de juventud, que pasó hace tanto tiempo que ya casi no merece ni la categoría de ex, se marchó a recorrer el mundo porque su pueblo se le quedaba pequeño. Muy en la línea del espíritu bohemio y soñador que yo le atribuía entonces.
Al tiempo me enteré que se había casado en una boda casi secreta (los novios y un par de testigos) con una chica sobre la que, al parecer, ejercía bastante control. Amigos en común me contaron algunas anécdotas para ilustrarlo. Por ejemplo, resultó que el tipo se había hecho vegano y acostumbraba a pedir por los dos en el restaurante, o a rechazar comida omnívora en nombre de ella cuando iban de barbacoa, aunque a ella le apeteciese comer de todo con los demás.
Tuvieron un hijo poco después. Me contó un miembro de su familia que sus métodos de crianza estaban despertando recelos entre propios extraños, porque el tipo era muy estricto con las comidas, los azúcares, las compañías que debía tener, la selección de colegio y no sé qué más. Son cosas de las que me entero porque el sitio en el que vivíamos es pequeño y a la gente le gusta cotillear.
No sé si fue por ese o por otros motivos, pero su mujer un día le pidió el divorcio y le dijo que se volvía a su ciudad y que se llevaba al niño con ella. Consiguió la custodia y se largó, así que él ve al niño solo de vez en cuando.

Él montó una especie de empresa de representación de artistas independientes. Lo imagino dando la chapa con su amplia cultura musical, denostando a los géneros mainstream y a sus seguidores sin criterio. Sale noche sí, noche también. Y, por lo que sé, a su entorno le empiezan a preocupar sus colocones continuos.
Vivo feliz en pareja bastante lejos y con retos lo suficientemente estimulantes como para que todo esto me dé igual. Lo que me cuentan ni siquiera me da para rebotar el cotilleo, no me parece de buen gusto propagar información sobre él. Pero mi yo adolescente siente un extraño regocijo al enterarse de estas cosas. Quizás porque me pasé toda la relación intentando ganarle en algo a aquel semidiós, solo para que me considerara válida y digna de él. Tardé años en saber que lo era, ni siquiera me hizo falta conocer sus miserias.
¿Os pasa esto con algún ex?