Yo entiendo que cuando una pareja decide tener hijos, son su responsabilidad. La crianza, el gasto y todo lo demás corresponden a los padres, y lo asumo. No soy de dejar a mis niños si no es por un motivo de peso. El 99% de las veces voy con ellos por delante, salvo cuando tengo una cita médica o necesito acudir a un sitio donde no es conveniente llevarlos. Ni siquiera recuerdo la última vez que me tomé algo a solas con mi marido.
Pero claro… en esta sociedad en la que la conciliación sigue siendo una asignatura pendiente, el verano se convierte en un problema enorme para muchas familias: ¿dónde dejamos a los niños mientras trabajamos?
Durante el curso tiramos de aula matinal, comedor y extraescolares, pero el verano es una soberana putada. Los campamentos no siempre tienen plaza, cuestan un dineral y, si tienes más de un hijo, los costes se multiplican. Sin contar que la mayoría empiezan a partir de las 8 o 8:30 de la mañana… ¿y los padres que entramos a trabajar a las 7, qué hacemos? Un despropósito.
Al final, quien puede, tira de familia. Yo no tengo esa opción: mi familia vive muy lejos y, para rematar, la familia de mi marido pasa completamente de mis hijos.
Mis suegros están sanos, activos y no son mayores. Incluso mi cuñado pequeño sigue viviendo con ellos. Saben que necesitamos una mano… y se niegan. Y ojo, sé que no es su obligación, pero me duele. Me duele que mis hijos parezcan nietos y sobrinos de segunda, porque para los hijos de mi cuñada nunca hay problema.
Este verano, por un tema económico, necesitábamos ayuda más que nunca. Le propuse a mi marido que se lo pidiera a sus padres de la manera más cómoda para ellos: nosotros llevaríamos y recogeríamos a los niños todos los días, sin sacarlos de su casa ni de su rutina. Los dejaríamos por la noche ya duchados y cenados, para que solo pasaran la mañana con ellos, y los recogeríamos a mediodía.
Preferí no estar presente para evitar tensiones. Pero cuando mi marido volvió y me contó lo que le dijo su madre, me quedé de piedra:
Que con ella no contásemos, que no iba a “atarse” a estar en casa por las mañanas cuidando niños, que pagáramos una cuidadora. Cuando mi marido le explicó que no nos lo podíamos permitir, soltó: “Ese no es mi problema. Yo ya cuidé a mis hijos y nunca necesité ayuda de nadie”. Claro señora… cuando usted podía permitirse no trabajar, en otra época, y no en esta sociedad donde si no trabajan dos, no se paga ni la hipoteca.
Encima, dejó a mi marido como si quisiéramos explotarla, acusándonos de pusilánimes y presumiendo de que ella salió adelante sola y en peores condiciones. Cero empatía, cero cercanía, cero cariño.
Y luego, para rematar, va diciendo a mi otra cuñada que sabe que yo “no la trago”. Pues sí, señora, no la trago. Y tanto. Me parece una bruja malnacida.
