Que no sé ustedes, pero yo el polvo acumulado en los rodapiés lo veo. O el rollo vacío del papel higiénico. La lista de la compra escrita únicamente con mi letra. La botella de agua casi vacía en la nevera, el tendedor lleno de ropa durante tres días y una interminable lista de detalles en el día a día del hogar. 

No desvelaré si soy hombre o mujer o el sexo de mi pareja. Mi intención no es caer en estereotipos ni generalizar, aunque, atendiendo a las estadísticas y al sentir general…supongo que la mayoría os imaginaréis quién es quién en esta relación.

Y es que a mí comienza a pesarme cada vez más, hasta el punto de pensar qué precio estoy pagando por liderar el funcionamiento de mi casa y mi familia. Tareas y tareas que he ido asumiendo sin darme cuenta de lo grande que se hacía la montaña. A veces por eficacia, otras porque han salido mal cuando las he delegado. Me quejo y me quejo, discuto, hablo, propongo alternativas, grito…pero el cambio no llega. Me desahogo con otras personas que me dicen cosas como, “si al final voy a tener que hacerlo yo, pues lo hago de primeras”, “yo ya me callo, por no discutir”, o una que me encanta, “yo ya he decidido poner solo la lavadora con mis prendas”. 

 

¿Cómo? Me niego a resignarme, a tragar. Para mi cada pelea es una inversión, una esperanza de mejora, porque a lo mejor para otros no, pero para mi seguir así eternamente no es una opción. Como tampoco lo es dividir las tareas tan drásticamente, no es mi idea de convivencia. Sigo soñando con formar equipo, con entendernos, con la corresponsabilidad…pero de verdad, ¿cuánto puede costarme? Hay veces que también sueño con unas sandalias monísimas pero no las compro si se me escapan de presupuesto. 

 

Obedecer órdenes no es lo mismo que ser autónomo.

Necesitar tres recordatorios no es hacerse cargo.

Reconocer tus errores no alivia el cansancio del otro. 

Agradecer el esfuerzo tampoco es suficiente. 

A veces siento que si mi pareja falla, estoy yo como plan B, siempre con todo controlado. Pero si yo fallo, ¿quién me sustenta? Y esa emoción, esa sí es invisible. Y yo no quiero ser invisible. Quiero que los dos conozcamos los centímetros que mide el pie de nuestro hijo, que los dos propongamos reponer el calzado antes de que llegue septiembre y quiero que no nos riamos entre amigos cuando una parte del matrimonio bromea con que estaría guapo el pequeño si fuera el otro el que le preparara los conjuntos para ir al cole. Quiero igualdad, iniciativa y paz. Quiero paz.