Tengo dos hijos y he tenido dos embarazos completamente distintos. Cuando me quedé embarazada de mi primer hijo, tuve un embarazo perfecto. Mi pareja y yo decidimos que queríamos ser padres, nos pusimos a ello y el test positivo llegó súper rápido. Después, tuve un embarazo de lo más normal: algunas nauseas en el primer trimestre, bastante incómoda en el último mes, pero no tuve diabetes gestacional, ni ningún tipo de complicación.  

Además, estuve super feliz todo el tiempo. Irradiaba alegría por los poros. Preparamos la habitación para el bebé super ilusionados, mis amigas me hicieron una babysower sorpresa que me encantó, y mi pareja y yo nos hicimos una sesión de fotos de embarazo preciosa.

¡Todo salió de diez! Mi hijo nació sano, el parto se complicó y a acabó en cesárea, pero hasta eso no me importó. Yo estaba feliz, pletórica y comenzamos la aventura de ser padres con mucho entusiasmo.

Pero cuando fuimos a buscar el segundo hijo, todo se complicó. Yo tenía la buena experiencia del primer embarazo y pensé que todo iría rodado, pero no fue así. Tuve dos abortos y cuando me quedé embarazada de nuevo, tenía tanto miedo de volver a perderlo que no disfruté.

Entonces me di cuenta. Mi primer embarazo fue tan bien que no era consciente de la suerte que había tenido. Porque en un embarazo pueden salir muchas cosas mal.

El día que entendí que el embarazo es un acto de fe

Cuando me quedé embarazada la segunda vez, hice lo mismo que con la primera: test positivo, abrazo con mi pareja y mucha ilusión. Ya sabíamos lo que era ser padres y pensábamos que todo iba a ir bien. ¡Pues no!
Y una mañana, sin aviso previo, sangré.

Nos fuimos a urgencias, siempre con optimismo pensando que nos darían buenas noticias. Que había expulsado un coágulo y que el bebé estaba bien. Entramos en el hospital cero preocupados.

Recuerdo aquella ecografía como si la estuviera viendo ahora mismo: la ginecóloga buscando, callada, con el ceño fruncido frunciendo. Ese silencio. Ese puto silencio que tú ya sabes lo que ha pasado, pero no te lo quieres creer.

Y entonces lo dijo:
—Lo siento, no hay latido.

Hay frases que se te quedan grabadas en la mente. A fuego.

Lloré mucho. Intentaba seguir siendo positiva, consolarme con que son cosas que pasan, que le pasa a mucha gente. Pero hasta que no lo vives no sabes lo doloroso que es.

Y lo peor fue que volvió a pasarme una vez más. Tuve que escuchar a los médicos decir que aquello era lo normal, que muchas mujeres tienen abortos, que con la edad se multiplican. Treinta y ocho años tenía. Y para ellos era ya vieja para ser madre. Embarazo geriátrico me decían.

Los abortos me robaron la inocencia, la ilusión al ver un positivo en un test de embarazo, las ganas de contárselo a todo el mundo, la alegría por comprar ropita de bebé. Me hicieron ver la realidad: que un embarazo es casi un acto de fe.

 

El miedo que te queda después

Cuando volvimos a intentarlo y por fin me quedé embarazada de mi segundo hijo, me convertí en una persona completamente distinta.
Iba a las ecografías con miedo a que me dijeran algo malo. Tenía miedo de ir al baño y encontrarme sangre. Cuando el embarazo iba más adelantado, me volvía paranoica si no sentía al bebé.

Cuando has perdido un embarazo, nunca vuelves a confiar del todo. Me pasé el embarazo diciendo que hasta que no tuviera a mi hijo en brazos, no estaría tranquila. No quise hacer babysower, no quise hacerme fotos, no elegimos el nombre del bebé hasta casi estar de parto. Porque ponerle un nombre a ese bebé significaría que ya era una personita, y yo no quería pensar en nada hasta que no lo naciera.

Las experiencias de otras mamás

Otra cosa que también influyó mucho en cómo viví mi primer embarazo fue que era la primera de mis amigas en convertirme en mamá. Pero desde que yo tuve a mi primer hijo hasta que nació mi segundo hijo, muchas de mis amigas fueron madres también y les pasó de todo.

Desde preeclampsia, partos prematuros, diabetes, abortos, detección de enfermedades…

Quizás con mi primer embarazo pequé de ignorante, pero ni sabía que había una prueba de sangre para detectar problemas cromosómicos y otras enfermedades en el feto. Que por lo visto no te lo hace la seguridad social y cuesta una pasta. Claro que tampoco había escuchado jamás lo que era la preeclampsia o que se puede tener un embarazo ectópico.

Según han ido siendo madres mis amigas, me he ido dando cuenta de todos los problemas que pueden surgir en un embarazo y que, muchas veces no somos conscientes de ello. A veces son problemas de los que nadie habla, como cuando sufres un aborto espontáneo en las primeras semanas, que mucha gente ni se ha enterado de que habías estado embarazada. Otras, son complicaciones que cada vez son más comunes, posiblemente por la edad de la madre. La realidad, aunque no nos guste, es que tenemos a los hijos cada vez más mayores y surgen problemas que con madres más jóvenes son menos probables.

Ser madre ahora mismo es un acto de valentía, con un punto de locura. Porque traer un niño a este mundo es de estar un poco loca, pero cuando deseas algo con tantas ganas, te olvidas de los miedos. Yo tengo dos hijos y a veces los miro y pienso: ¡Qué suerte he tenido!