No me pidáis que trate igual a mi madre que a mi suegra en el postparto. Estoy recién parida, acabo de sacar un bebé por mi vagina. Estoy dolorida, cosida y encima tengo que aprender a darle el pecho a este pequeño ser que he traído yo al mundo. ¡Pues claro que prefiero tener a mi madre al lado antes que a mi suegra!
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Con mi madre tengo confianza, puedo estar desnuda, con unas bragas de rejilla y una compresa gigante, y no pasa nada porque es mi madre.
Pero con mi suegra es distinto. No me apetece que me apriete una teta como si fuera un bocadillo para que se la meta en la boca a mi hijo que tiene horas de nacido.
Vale, es la madre de mi marido, pero no es la mía. Yo me siento incómoda. Que le apriete una teta a su hijo entonces, pero a mí no.

Cuando nació mi hijo, me di cuenta de que no sólo tenía que aprender a cuidar de un bebé, también tenía que aprender a ser otra persona, a ser mamá, a cuidarme yo. Porque nadie te prepara para esa sensación de vulnerabilidad absoluta.
Estás medio desnuda todo el día, con el pecho fuera, sangrando, sin dormir y llorando por cualquier cosa. Tienes las hormonas revolucionadas y no te reconoces ni en el reflejo del espejo. Están intentando entender quién eres ahora.
Y en ese momento tan frágil, lo único que quieres es sentirte protegida, cuidada, sentirte hija.
Mi suegra venía al hospital y lo único que quería era tener el bebé en brazos. Opinaba sobre mi lactancia, si le estaba dando mal el pecho al niño, si le tenía que meter un biberón porque se quedaba con hambre con el calostro. Se metía en todo.

Y cuando nos dieron el alta, fue peor. Venía a casa a ver al bebé. Se sentaba en el sofá y pretendía que yo, con puntos aún en partes de mi cuerpo que no sabía que se podían desgarrar en el parto, la sirviera. Que si tráeme un café, que si me quedo a cenar y así estoy más tiempo con vosotros.
Señora, no tengo ganas de ser anfitriona. Mi hijo tiene días y tengo que estar el cien por cien del tiempo para él, no atenderla a usted.
Ella no sabe lo que son los límites. Se presenta a las ocho de la tarde en casa, cuando ya tengo al niño bañada, cenado y es la hora de acostarlo. Un día llegó a esas horas, yo acababa de dormir al niño y pretendía cogerlo un ratito de nada, me dice. Le dije que no y la tuvimos.
Que ya sé lo que me vais a decir, aquello de: “También es su nieto, no sólo de tu madre.” Y claro que lo es. Pero a horas normales del día y con normas.
Nadie le está quitando ese lugar, pero tampoco puede pretender ocupar el lugar que tiene mi madre. No están en igualdad de condiciones. Mi madre le lleva treinta y cinco años de ventaja. Treinta y cinco años siendo mi refugio cuando estaba enferma, cuando suspendía un examen, cuando me rompían el corazón o cuando pensaba que el mundo se me caía encima. ¿Cómo no voy a quererla cerca justo ahora, cuando acabo de atravesar uno de los momentos más intensos de mi vida?

Mi madre no viene a casa para que le deje coger al bebé en brazos mientras yo le preparo un café.
Mi madre viene con tuppers de comida para que no tengamos que cocinar. Pone una lavadora, tiende la ropa y friega los cacharros. Y después de hacer todo eso, encima me dice: «No, dame al niño solo si tú quieres». No coge al bebé por las buenas, me pide permiso porque respeta mi espacio y el del bebé.
Mi madre entiende que el bebé me necesita, pero que yo la necesito a ella. No se entromete en la lactancia, no opina, sabe ayudar.
Mi suegra, en cambio, solo piensa en ella misma. En coger al niño, en que no le de el pecho para poderle dar ella el biberón, siempre quiere cambiarle el pañal. Lo que sea por jugar a ser ella la madre del bebé.
También os digo, a mí porque me ha tocado esta suegra, pero, aunque tengas a la suegra más maravillosa del planeta, tu propia madre siempre va a estar por encima de tu suegra.
Y no me refiero como abuela, que puede que las dos sean abuelas maravillosas, pero para mí, como mujer en una situación ahora mismo vulnerable, necesito a mi madre al lado. No a mi suegra.