Me licencié en plena crisis económica, cuando el empleo escaseaba y reinaba un clima de insatisfacción y pesimismo crónico. Aproveché el tiempo estudiando y haciendo trabajillos mal pagados, temporales y sin contrato, la mayoría de las veces. Hasta que, con poco más de 25, encontré un empleo estable en el sector para el que me había formado y que tanto había peleado.
Ni 3 años duré. Me vi haciendo lo mismo día tras día durante 40 años y, encima, en un ambiente laboral nefasto. Mi pareja y yo nos sentíamos preparados para un cambio radical, así que nos marchamos a vivir una experiencia en el extranjero y, al volver, montamos nuestro propio proyecto.
Ya hace 10 años de aquello y, durante toda esta década, nuestro proyecto nunca nos ha dejado un volumen de ingresos suficiente. La razón por la que hemos seguido apostando por él es por pensar que teníamos margen para remontar, que aún éramos jóvenes, que siempre podíamos ampliar los servicios, seguir formándonos e ir tocando otras teclas para mantenernos igual.
Ahora los 40 están a la vuelta de la esquina y me siento en un punto de no retorno. Mi sector, el marketing, se ha visto muy afectado por la irrupción de la inteligencia artificial. De las 30 ofertas de empleo que he echado en los últimos 5 meses, a la búsqueda de algún nuevo cliente, solo me han llamado de una. Me enredaron, me ignoraron durante semanas, me avisaron para empezar de un día para otro y, tres meses después, aún me deben la factura de los servicios que presté. He visto un requisito común frecuente en todas esas ofertas: se buscan personas jóvenes, de menos de 30 años, que estén muy al día de las redes y sirvan de embajadores de las marcas. Me veo ya crecidita para ampliar habilidades y ofrecer nuevos servicios en este sector, así que me siento abocada a un cambio profesional radical.
He pasado los últimos 10 años engañándome a mí misma: tengo tiempo suficiente para asentarme en el sector y obtener los ingresos que creo que merezco. Con 37 yo esperaba estar bien posicionada profesionalmente, pero la realidad es otra: estoy estancada y los ingresos cada vez son menores. Me encuentro sin ahorros que invertir, sin vivienda en propiedad y con la necesidad de transformarme, ya sin tanta energía.

No, no hay tanto tiempo
Es cierto que la vida puede cambiar en un segundo, para bien o para mal, y que tendemos a posponer. Pero no, no hay tanto tiempo. Ser consciente de la rapidez del paso de los años me ha sumido en una especie de crisis existencial: he perdido una década que es clave para estabilizarme profesionalmente y dar soporte a otros proyectos vitales, posponiendo un giro necesario. Es difícil despegarse cierta sensación de fracaso.
Sé que el testimonio parece muy gris, y la verdad es que he tenido muchos días de bajón comiendo helado y viendo dramas para forzar la catarsis. Sin embargo, tengo ya un rumbo definido y los primeros esfuerzos están apuntando al optimismo. Me encamino a un nuevo sector profesional y me siento ilusionada.
De esta experiencia he aprendido que tendríamos que hacer caso a las primeras señales de estancamiento en cualquier plano, sean las relaciones personales o lo profesional. Es mejor no esperar hasta aborrecer el sitio en el que vives, el trabajo que haces y las personas con las que te relacionas en el día a día, como me pasó a mí. Es mejor pasar a tiempo a esa incómoda “zona de aprendizaje” desconocida y no quedarse a vivir en la de confort si ya te ha hecho presa de la mediocridad y el conformismo.
También he aprendido a no torturarme con las decisiones del pasado. En su momento, mi trabajo me compensaba porque me daba flexibilidad geográfica y horaria total. Se ajustó bien a mis necesidades, pero estas han cambiado y, necesariamente, también tengo que cambiar mi vida. No tengo que fustigarme por ello.
Lo único real es lo que haces, no lo que piensas hacer o que crees que va a pasar. Sin cambio ante la sensación de estancamiento, perdemos la iniciativa y corremos el riesgo de ser meras espectadoras de nuestras propias vidas.