En un momento de mi vida en la que acababa de salir de una relación totalmente tóxica y en la que lo que menos me apetecía era conocer a alguien y, muchísimo menos, intimar con nadie, el destino decidió que era el momento de conocer a mi alma gemela. Y, aunque me resistí no pude decirle que no.

Todo empezó tomando un café con mi mejor amiga, hablando de todo y de nada, de lo divino y de lo humano en una conversación en la que me decía que tenía que conocer gente nueva, abrir mi círculo de amistades y dejarme llevar. Yo, por supuesto, le llevaba la contraria y le decía que estaba muy bien tal y como estaba, aunque no la debí convencer del todo porque un par de semanas después me dijo que tenía un plan preparado que no podía rechazar.

Quedamos en un bar en la ciudad donde ella vivía que quedaba más o menos a veinte minutos de la mía, un sitio que ya conocía y en el que habíamos parado otras veces. Hasta aquí, todo normal, nada sospechoso.

Llevábamos ya un rato allí cuando me dijo que, en realidad, lo que quería aquel día era que yo conociese a alguien. Ese alguien era uno de sus amigos del colegio, con el que había retomado el contacto hacía relativamente poco y que creía que era perfecto para mí.

Juro que intenté negarme con todas mis fuerzas y puse mil excusas para no quedarme, pero cinco minutos después de aquella confesión, el individuo apareció por la puerta y ya no me quedó otra que quedarme allí.

Rocío estuvo con nosotros un rato, pero a la media hora puso una excusa absurda y allí nos dejó a Daniel y a mí. Al principio fue horrible pues Daniel apenas hablaba y yo maldecía una y otra vez a mi amiga, pero poco a poco nos fuimos soltando y acabamos hablando casi hasta la hora de cierre del bar.

Resultó que Daniel y yo teníamos un montón de cosas en común, libros, música, hobbies, etc. así que habíamos ido pasando de un tema de conversación a otro casi sin darnos cuenta y, cuando fue hora de despedirnos, decidimos citarnos unos días después para seguir conociéndonos.

Durante la semana que pasó entre aquel día y el siguiente, no paramos de hablar por Whatsapp, a todas horas y de todas las cosas posibles. La verdad es que era un poco locura, pero parecía como si nos conociéramos de toda la vida.

Quedamos a la semana siguiente, en el mismo sitio y a la misma hora, Daniel era un hombre de costumbres y así lo había querido y, además, había dicho que él se encargaría del plan así que yo solo tenía que disfrutar. Después de tomarnos una cerveza y de quitarnos la vergüenza, me dijo que tenía una sorpresa y que le siguiera.

Caminamos por media ciudad hasta llegar a un edificio que yo no tenía identificado. Entramos y, para mi sorpresa, era una de las bibliotecas municipales de la ciudad. No entendía muy bien qué hacíamos allí, pero me dejé llevar.

Daniel me guió entre las estanterías de libros y sacó de una de ellas uno muy concreto: 1001 películas que ver antes de morir. Le miré extrañado, pero él como si lo tuviera ensayado me dijo:

  • ¿Qué te parecería tener toda una vida para ver estas 1001 películas conmigo?

Y ahí me enamoró.

No recuerdo muy bien qué dije, solo que sonreí, mucho y durante mucho tiempo. Y que estuvimos un buen rato ojeando aquel libro y hablando de algunas de las 1001 películas que allí salían.

Aún no hemos llegado ni a la mitad de ese número, pero seguimos empeñados en conseguir el reto, juntos, a por las 1001 películas.

Angie Rigo