Los tiempos que corren nos van a volver a todos tarumba. No es ni medio normal la necesidad de aparentar que tienen algunas personas, entre las que muy a pesar, se encuentra también mi marido.
Yo lo quiero muchísimo, pero tiene un gran defecto, y es que es muy fantasma. A él le flipa fardar de usar ropa de marca, ir a buenos restaurantes, hacer viajes…posturear, al fin y al cabo. Ya no es tanto el vivirlo en sí como el hacer la foto o el vídeo de rigor y subirlos para presumir.
Venimos los dos de familias humildes, pero abrimos un par de negocios y dimos el campanazo. Tuvimos suerte y empezamos a ganar bastante dinero, motivo por el cual obviamente nuestro nivel de vida subió como la espuma. Eso a su vez hizo que nos codeásemos con otro tipo de gente, que nos comprásemos un coche de alta gama… digamos que unas cosas te llevan a otras irremediablemente.
No os voy a mentir, a mí también me gustó aquel cambio y disfruté mucho de vivir así de cómoda, pero sí es verdad que yo soy una persona con los pies en la tierra y mi marido no.

Por aquel entonces, cuando empezamos a ganar dinero, mi marido se abrió un perfil en Instagram en el que contaba sobre restaurantes que probábamos, la obra de nuestra nueva casa o los viajes que hacíamos. Ese tema a su vez le reportó muchos seguidores y ganó un cierto público.
La vida no siempre es lineal y uno de los negocios pinchó y nos dejó más deudas que otra cosa, por lo que actualmente lo que nos toca es apretarnos el cinturón un poco. Él por el contario pretende seguir con el mismo nivel de vida que antes, cuando es literalmente imposible porque ese dinero no lo tenemos, ya no existe.
Sé que lo está pasando mal, no es plato de gusto para nadie, para mí tampoco, pero yo lo asumo y él en cambio no. Yo pienso que hay que echarle cabeza y seguir trabajando para volver a remontar nuestros negocios, pero él parece que no se entera.
Para que os hagáis una idea, el verano pasado pidió un crédito para poder irnos a Ibiza y allí tiró de tarjeta de crédito a tope para poder hacerse la foto de rigor en la cubierta de un barco como otros años. No deja de comprarse ropa y accesorios de marca, y lo que hace es ponerlo a plazos y más plazos.

A mí me falta el aire porque estamos endeudados hasta el cuello y gran parte de las deudas son por un postureo innecesario de mi marido, y lo peor es que cuando hablo con él, sigue en sus trece diciendo que hombre, que qué van a decir nuestros amigos y sus seguidores, que hay que disimular que las cosas han cambiado, etc.
Yo no entiendo por qué hay que disimularlo. En la vida de los negocios esto es así, a veces se está arriba y a veces abajo, y no es ninguna vergüenza ni ninguna deshonra, pero él piensa que sí. Y entre tanto sigue pidiendo créditos y adquiriendo más y más deudas, de manera que la pelota cada vez se hace más gorda e inabarcable. Yo estoy por darle un ultimátum, pero no sé muy bien qué hacer para hacerle entrar en razón, ¿vosotras cómo lo veis?