Igual esto os parece una tontería, pero a mí me saco una sonrisa. Me devolvió la fe en la humanidad.
Leo muchísimos casos por aquí de niños asalvajados, egoístas, “acabestrados” como diría mi abuela, y no sé cuántas cosas más. Pero esta niña me convenció de que no está todo perdido, que aún hay esperanza para las generaciones futuras.
Por suerte para todos, la situación no era ni fue nunca peligrosa, ni mucho menos. Igual si lo hubiera sido otro gallo nos habría cantado y os estaría contando algo muy distinto. Pero bueno, prefiero quedarme con lo bueno de aquello.
Donde vivo, el verano no es gran cosa. Pero hay un par de días al año en el que viene una ola de calor en la que nos morimos asados. Y yo me he acostumbrado muy rápido a lo bueno, por lo que en cuanto subimos de 25 graditos ya me quiero suicidar (os queda claro que prefiero el invierno, ¿verdad?).
¿Por qué os cuento esto? Porque el día en cuestión fue uno de esos de calor.

Mis mellis eran enanos, tendrían 3 meses como mucho, y no se dormían ni a tiros. Todo el día a 38 grados, sin aire (ni acondicionado ni del normal), y la casa en general parecía que estaba dentro de los altos hornos de Bilbao.
A las 11 de la noche, con los dos destrozados de sueño y gritando como becerricos, en un intento desesperado de calmarles, decidimos irnos a dar un paseo a ver si se refrescaban un poco y se dormían de una puta vez. Lo de iluminar las calles por la noche en este país lo llevan regulín, por lo que estábamos paseando casi a oscuras. Que para que una se sienta a gusto y segura paseando igual no vale, pero para que los enanos se calmaran fue maravilloso y se durmieron casi de inmediato.
Con la misión ya cumplida, dimos media vuelta y nos fuimos de camino a casa.
Cuando pasábamos por el parque, nos cruzamos con una madre con su hija. Noté que la hija me miraba, pero como llevaba el pelo rosa por aquel entonces, no le di mayor importancia.
La niña se paró en la calle y, de repente, se puso a gritar “¡Ayuda, a esta señora la están siguiendo!”
Os juro que no entendí nada. Me giré alrededor para ver a quien estaban siguiendo, pero no había nadie más que nosotros que yo pudiera ver.
La madre se acercó a disculparse y me contó lo que había pasado, mientras la niña miraba a mi marido sin tenerlas todas consigo.
Por lo visto, en el colegio de la chica, que tenía 12 años e iba a empezar el instituto, habían tenido unas jornadas de seguridad ciudadana, en las que les habían explicado la importancia de ayudar a los demás. Y de lo inseguro que es, especialmente para algunas mujeres, andar solas por la noche.

La niña me había visto con el carro de los críos, había visto a mi marido, que iba unos pasos por detrás porque en ese momento iba fumando, y había sacado sus propias conclusiones.
Nos presentamos a la pequeña, le aseguramos que no había nada de lo que preocuparse, y le dijimos lo peligroso que era lo que acababa de hacer. Aunque en el fondo, no pude evitar pensar que también, a su manera, fue muy valiente.
Le recomendamos que, para la próxima vez, mejor avisara al adulto que la acompañara primero, para que pudiera tomar las medidas oportunas.
Miedo me da pensar lo que hubiera pasado si la situación hubiera sido otra. Pero me gusta saber que hay una nueva generación ahí fuera dispuesta a alzar la voz cuando sea necesario.
Andrea.