LA NOCHE QUE SALVÉ LA VIDA DE MI SOBRINA. 

Siempre he pensado que eso de “no pensé, actué por instinto” era una bobada. Por muy rápido que reacciones, siempre te da tiempo a pensar, me decía yo. Pues no, me equivocaba, hay ocasiones en las que las manos van más deprisa que el cerebro, y la que me ocupa fue una de ellas. Y menos mal. 

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Era una barbacoa familiar, por la tarde-noche. Mis padres, mi hermana con mi cuñado y las tres niñas, que la menor tenía entonces dos añitos y ya comía de todo. Claro, comía muy a su manera, empringándose de pies a cabeza y a veces pensando que comer era tragarse las cosas como píldoras. 

Bien, después de la fogata, el atracón de chorizo, panceta, patatas asadas, brochetas y chuletas (sí, había ensalada también. Que había tenido el éxito esperado; ¡todos juntos: “no conquistas na-da, con una ensa-lada”!), todo el mundo estaba un tanto perezoso. Mis padres charlaban con mi hermana y mi cuñado en el jardín; las niñas mayores entraban y salían jugando, si bien cada vez paraban más tiempo en el sofá, cogiendo la tablet; y finalmente yo en mi cuarto leyendo un ratito con los cascos puestos, porque mi batería social tenía que recargarse. 

Mi sobrina la pequeña, a quien sus hermanas mayores hacían poco caso, daba vueltas por la casa, entró en la cocina y en el carrito de la fruta, que quedaba a su alcance, encontró manzanas. Le gustaban mucho. Así que apañó una y se la empezó a comer mientras seguía su periplo. En una de estas, a través de la música en los cascos, escucho un gorgoteo. Me quito los cascos, voy a la cocina y veo a mi sobrina tratando de dar arcadas sin conseguirlo. De su garganta sale un silbido casi sin fuerzas. Mi hermana, a través de la ventana de la cocina, lo oye también, se levanta como un rayo y sale volando hacia donde estamos, seguida de mi madre y mi cuñado. Pero no llegaron a tiempo. 

Porque quien llegó fui yo. En efecto, no pensé, ni maniobra de Heimlich ni nada, simplemente la alcé en brazos, la puse cabeza abajo y la agité. Sonó un “sploch”, mis pies desnudos se empaparon de babas y trozos de manzana y escuché lo que, en ese momento, me pareció el sonido más hermoso del mundo: el llanto de mi sobrina. La silueta de mi cuñado se recortó contra la puerta de la cocina y le tendí a la niña, porque a mí me temblaban las piernas. Sólo entonces me vino el susto y me eché a llorar. Mi sobrina esa noche sólo quiso dormir si la dejaban en la cama conmigo.

Ahora lo recuerdo y soy consciente de que, aunque no pensé, hubo imágenes en mi cabeza. El mundo de Beakman, donde nos contaron cómo solucionar un atragantamiento y nos dijeron que a los menores de tres años no se les puede hacer la Heimlich porque les podemos romper una costilla al hacer fuerza; un reportaje de una espectadora de lucha libre que, sin querer, se tragó entero un caramelo muy gordo y el luchador la desatascó alzándola cabeza abajo… pero fueron eso, imágenes, no pensamiento coherente. Sea como fuere, demos gracias a esa velocidad. Y las manzanas mejor si llevan una etiqueta: mantener fuera del alcance de los niños. 

Delice.