Hay personas que recuerdan su adolescencia como una de las mejores etapas de su vida. Yo, personalmente, guardo muy buen recuerdo de mis días de instituto y lo cierto es que, de vez en cuando, no puedo evitar echar la vista atrás y recordar quién fui o la idea que tenía sobre cómo sería mi vida adulta. Por supuesto, en mi mente adolescente mi futuro estaba plagado de aventuras, de trabajos maravillosamente sofisticados y yo, claro está, caminaba por la vida destilando glamour por los cuatro costados. Sobra decir que ninguna de mis conjeturas se hizo realidad.
A pesar de que mi yo quinceañera no había conseguido dar ni una, a grandes rasgos, mi versión adulta siempre se había considerado una persona feliz. Sin embargo, solía preguntarme en más de una ocasión qué habría sido de mis compañeros de clase y qué habrían hecho de sus vidas como personas adultas, ya que a muchos de ellos les perdí la pista hacía bastantes años. Por eso, cuando recibí la invitación a la reunión de antiguos alumnos, no dudé en asistir; me moría de curiosidad por saber cómo habrían tratado los años a mis viejos colegas de clase. Porque seamos sinceras, parte de la gracia de este tipo de reuniones es simple y llanamente el chisme de ver con tus propios ojos cómo se han cebado los años y los disgustos con aquellas personas que no soportabas.
Así es que, casi quince años después, volví a cruzar las puertas de mi instituto en un viaje al pasado rodeada de prácticamente todos mis compañeros. Ahí estaban: aquellos que habían formado parte de mi pandilla, los guaperas oficiales de la clase, el profesor de economía por el que todas suspirábamos, los dos o tres repetidores de turno y, cómo no, el grupito de chicas súper guays que se dedicó a mirarme por encima del hombro y a hacerme saber a cada minuto que era un cero a la izquierda. Tenía la esperanza de que ninguna de ellas hubiera asistido a la reunión, pero no tuve esa suerte y pude comprobar que, tal y como se suele decir, la gente no cambia.
Mientras charlaba con algunos de mis viejos amigos y nos poníamos al día sobre nuestras vidas, nuestros trabajos y demás cuestiones de rigor con verdadero interés, podía sentir las miradas de aquella bandada de arpías en mi nuca. Fue entonces cuando la cabecilla de todas ellas, la abeja reina, la tía que peor me ha tratado en toda mi vida y que dedicó nada más y nada menos que cuatro o cinco años a dejarme bien claro que no era más que un cero a la izquierda, vino a saludarme con una sonrisa más falsa que tu ex. Me dije que ya no estábamos en el instituto y que ya era una mujer hecha y derecha como para consentir que nadie me hiciera sentir inferior, pero entonces me di cuenta de que estaba embarazada y el mundo se cayó a mis pies.
No me podía creer que aquella persona que había sido tan mala y tan dañina conmigo fuera a ser madre. Yo llevaba un par de años tratando de ser mamá y no lo había conseguido por innumerables problemas reproductivos. Aquello me sentó como una patada y me hizo sentir como si volviera a tener quince años otra vez; ella, sabiendo que me hacía daño con sus palabras, y yo, aguantando como una idiota. Que si ser madre era lo mejor, que debería probarlo, que ella iba por el segundo, que se me iba a pasar el arroz. Le di la enhorabuena, me guardé mis verdaderos pensamientos para mí misma y deseé que nadie se hubiera dado cuenta de que las lágrimas ya asomaban por mis ojos.
Pensaba que me pondría a llorar allí mismo gritando que la vida era tremendamente injusta, pero no me dio tiempo. Cuando quise darme cuenta, el repetidor oficial del instituto me estaba estampando dos besos muy efusivos en la cara, como si alguna vez hubiéramos cruzado más de dos palabras. He de reconocer que todo el mundo, no sólo yo, siempre pensó que aquel tío terminaría dando con los huesos en la cárcel, que era carne de cañón y nada bueno saldría de ahí; siempre le estaban expulsando, faltaba al respeto a alumnos y profesores, robaba, fumaba en clase, trapicheaba… una joyita, vaya. Me quedé con cara de idiota cuando me contó que se había hecho policía y que estaba a punto de terminar de pagar la hipoteca de su casa.
Mientras los demás hacíamos lo que se supone que debíamos hacer (estudiar una carrera, hacer prácticas para meter la cabeza en una buena empresa, labrarnos un futuro), él había hecho sus pinitos en el mundo del trapicheo, había trabajado y se había comprado un piso en la maravillosa época en la que los precios de la vivienda no eran tan exageradamente prohibitivos. Luego había decidido que ser policía era lo mejor porque así tendría un trabajo fijo, y razón no le faltaba. Yo vivía en un piso más bien pequeño, pagando a duras penas el alquiler, sin vivienda propia, trabajando como una mula en un puesto que odiaba y que ni siquiera estaba relacionado con mis estudios.
En resumidas cuentas, el que no tenía una casa, había sido padre o madre; el que no, tenía un trabajo apasionante, como el chaval que se sentó a mi lado durante los últimos dos años de instituto. Habíamos estudiado la misma carrera, aunque él no había hecho ninguno de los dos másters que yo había cursado; aun así, mientras yo trabajaba como dependienta a pesar de ser periodista, él trabajaba como fotógrafo de una importante revista de naturaleza y viajes, rodando por todo el mundo con su cámara a cuestas.
A esas alturas, lo único que quería era irme a mi casa (de alquiler, sí) y meterme en la cama para no salir más, haciendo oídos sordos a todas las preguntas que me venían a la mente y, en especial, a una en concreto: ¿quién me manda a mí apuntarme a estos saraos?
