Tus amigas de toda la vida son eso, las de toda la vida. Las del colegio, la facultad, el pueblo, el barrio…En mi caso, las del instituto. Las que me salvaron la adolescencia y compartieron esa infinidad de primeras veces. Nos cubrimos mentiras las unas a las otras, nos escribimos notas de papel, nos confesamos todo. Por compartir, compartimos hasta la vergüenza años después de ver qué fotos habíamos subido a Tuenti. Ojalá leas esto y vengan a tu cabeza las caras de esas cinco o seis amigas de toda la vida. De toda la vida y para toda la vida. No hay duda de que han dado el callo cuando las has necesitado, y que dejarían todo si las llamaras porque las necesitas a las 5 a.m.
Ahora bien, ya puede ser un zombie que ha empezado a comerse la pierna de tu hijo o una carta con un polvo que has aspirado y solo te quedan un par de horas de vida porque si no, no las vas a llamar. Las cosas han cambiado, y no es que estén más frías, os seguís queriendo igual de fuerte como cuando las llamabas “puta” y significaba “te amo”. Pero cada una tiene su vida, su pareja, sus hijos, su trabajo, su casa en su barrio y desde luego, sus movidas en la cabeza. Verte a diario ya no es una opción. Las prometidas quedadas semanales no son realistas. ¿Coincidir todas una vez al mes? Ojalá, pero tampoco. Y lo de quedar con parejas e hijos, ya vimos que no resultaba efectivo. Cuando os juntáis, el tiempo vuela, se olvidan los problemas, te recargan las pilas. No hace falta con ellas pedir permiso ni perdón, te siguen conociendo y entendiendo, no te juzgan y aunque sigue en pie el trato de viajar a Punta Cana cuando cumplamos 40, ahora esa relación, se ha transformado.
Pero todas estamos descubriendo un nuevo grupo de amigas, y aunque llegaron un poco más tarde que las anteriores, también con ellas pinta bien el plan. Yo no contaba con este nuevo encuentro, así que ha sido una sorpresa de las buenas, de las que recibir por todo lo alto. No imaginábamos que la madurez nos traería un segundo grupo para toda la vida, nadie nos había avisado de que volveríamos a hacer nuevos lazos sin traicionar los que ya teníamos y que es algo maravilloso. Como experiencia, le doy cinco estrellas.
Mi marido y yo compramos un piso mientras estábamos de alquiler, preparamos la boda, esperamos un par de años y nos casamos y nos dieron las llaves. Un poco típico. Llegamos a una comunidad de casi 200 vecinos con la también típica ilusión, nuestras compras y decoraciones y visitas de la familia al nuevo nidito de amor. Entre viaje y viaje, saludar alguna pareja que también se estaba mudando, presentarte a tus vecinos de rellano y de repente, han pasado tres años y pasas cada tarde en el tobogán de zona común con tu nuevo grupo. No recuerdo en qué momento nos atrajo el imán que ahora sigue activo, y me siento afortunada, porque ninguno de los otros grupillos parece haber empastado tanto como el que tu perteneces. Puede que lo esté idealizando, ¿y?.
Otras parejas, de tu edad, con hijos de la edad del tuyo, cansadas de las mismas cosas que tú y con el mismo plan que tú, sobrevivir al día a día. De una conversación al borde de la piscina pasamos a la cita obligada de cenar pizza los viernes. De pedirte sal un día puntual, a traerte algo del súper o quedarse con tu hijo cuando tienes un recado. De cogerte un paquete un día que no estás en casa a regalarte la ropa que ya no te vale. Mis adorables vecinas y sus maridos se han convertido en mi día a día y atienden al refrán de que “el roce hace el cariño.” Están cerca, tan cerca que puedo ir a verlas sin quitarme el pijama. También nosotras somos otras que las que éramos en el instituto, ya ninguna necesita impresionar a nadie, nos conocimos en bañador y sin maquillaje y eso nos lleva a hablar de pedos, polvos y pajas sin ningún tipo de reparo. Nuestras historias son nuevas para el grupo y gracias a ellas y sus risas revivimos la juventud que vivimos con nuestras primeras amigas. Volvemos a tener amigos chicos y grupos de whastapp que suenan a diario, con quién desahogarte porque tienes a la suegra en casa y a quién preguntarle qué haces de cenar porque estás de la tortilla francesa hasta la punta de La Torre Eiffel.
Ahora son ellas tu nueva cita. Las amigas que no esperabas, que no buscabas, que no planeabas. Las amigas que llegaron cuando ya tenías tu vida montada. Son tus amigas las que, como las mejores cosa, te encontraste por casualidad, sin expectativas. Tus amigas de la madurez con las que compartir la otra media vida que nos queda.
