Después de mucho leer vuestras historias, me he animado a contaros la mía. La historia de cómo conocí a vuestra madre a mi marido.
Nos conocimos trabajando. La verdad, es que a ese puesto llegué de rebote y de casualidad a los 24 años. Mientras estudiaba, había currado varios veranos en esa empresa cubriendo vacaciones. La verdad que tanto el trabajo y la empresa me interesaban mucho. El puesto era de lo que estaba estudiando, la empresa era grande y sólida y estaba al ladito de mi casa. Tanto, que veía mi puesto de trabajo desde la ventana.
Por eso, cuando me llamaron ese verano para volver a cubrir vacaciones no me lo pensé ni un segundo. Di el preaviso en mi curro de que me iba, y les dije que sí.

Tal vez fue mi error, porque no les dije que ya estaba trabajando, pero dos semanas más tarde me llamaron. Lamentablemente, no me podían ofrecer el puesto que tenia siempre. Ese año me habían asignado una baja por una operación por unos 7 meses, pero la persona finalmente no iba a operarse, por lo que no les hacía falta.
Les expliqué que me había despedido de mi trabajo, y que la persona que iba a sustituirme ya había empezado, y que me quedaba sin nada. Y por hacerme el favor y por conocerme, la chica de recursos humanos me dijo que iba a ver qué podía hacer. Por suerte para mí, me llamó al poco rato diciendo que podía cubrir las vacaciones en el almacén, trabajando de carretillera, y luego ya veríamos. Sabían que no había cogido una carretilla en la vida, pero me aseguraron que ellos se encargaban de formarme y de darme la oportunidad. Por las molestias. Imagino que no me conocerían tanto, si no, no me dejan a cargo de cosas que se mueven con motor ni por equivocación. Torpe es mi segundo nombre y los accidentes son una cosa habitual en mi día a día.
Total, que el día llegó y, tras hacer un curso de una semana en el manejo de carretillas allá que me presenté. Me recibió Fernando, el encargado. Os juro que nunca he sido la típica Bridget Jones que ve a un hombre y se empieza a imaginar la boda. Pero no se qué me pasó. Me puse tan nerviosa, que se me fue el pie al acelerador y arrollé la puerta con la carretilla. Por suerte, era una de esas puertas que son como una tela que se suben y se bajan automáticamente. No hubo grandes daños, pero Fernando vino corriendo a ver si yo estaba bien.
Desde ese primer contacto, no conseguí dar pie con bolo en ese trabajo. Los días que el no estaba, todo iba como la seda. Pero los turnos que coincidíamos, tenia yo mas peligro que un mono con un martillo.

Es que me gustaba todo de él. No se explicarlo. Físicamente era completamente opuesto a todo lo que yo conocía, pero había algo, sentía como un magnetismo en el ambiente que era capaz de adivinar si estaba o no solo con poner un pie en aquel almacén.
Un mes más tarde, yo estaba trabajando relajada, pensando que como hoy no coincidíamos, iba a ser un día fácil (al menos para la empresa). Aunque por dentro estaba llorando a mares. Sin embargo, conforme me acercaba con mi carretilla por el almacén camino a la oficina, le olí. No le vi, no le sentí, os juro que le olí.
Mi mente entró en modo pánico y no se cómo, pero de repente yo estaba empotrada en la oficina, con restos de ladrillos a mi alrededor y un Fernando pegando alaridos de dolor entre los escombros.
Casi me muero del susto.
Mis compañeros, que lo habían visto todo, se apresuraron a llamar a la ambulancia y se lo llevaron al hospital. Por suerte, “solo” se rompió una pierna.
Esa misma tarde fui a verle. Y la siguiente, y la siguiente. Y todas las tardes durante dos semanas más. Primero en el hospital, más adelante en su casa. Vivía solo, era un “hombre solitario” como le gustaba llamarse. Y yo me sentía en deuda con él. Sin quererlo, (bueno, querer querer yo quería), nos fuimos enamorando. Hasta que me di cuenta de que casi casi estábamos viviendo juntos. Hacia más de tres semanas que no pasaba por mi casa.
Decidimos que, por el momento, no se lo contaríamos a nadie. Fernando era mi jefe, y, además, era 16 años mayor que yo. A mi realmente me interesaba la empresa, no quería perder la oportunidad de que me reubicaran en el puesto que me interesaba. Se encargo de que no coincidiéramos en demasiados turnos, por su salud, por la mía, y por la integridad de las paredes que nos rodeaban. Por muy buena empresa que fuera, no iban a seguir pasando accidentes por alto durante toda la vida.
Un año más tarde mis deseos se cumplieron (bueno, mis deseos laborales, en lo personal estaba yo más feliz que una perdiz), y me ofrecieron puesto ya fijo en la sección que me interesaba.
Así que ya, una vez con mi nuevo puesto, decidimos hacerlo oficial. Poco después nos casamos.
Fue un shock para la empresa. Realmente nadie se había olido nada. Y durante un tiempo fuimos blanco de todos los chismes de corredor. Pero nosotros tan felices.
Hoy en día, seguimos juntos y tenemos una niña preciosa de 7 añitos. Los dos seguimos trabajando en la misma empresa. Aunque no nos vemos allí porque estamos en departamentos diferentes.
Y por el bien de la humanidad, os alegrara saber que no he vuelto a coger una carretilla.
Anónimo.