Todas las mamis pensamos que nuestros hijos son los más guapos y los más listos del mundo. Y para nosotras lo son, aunque para el resto del mundo, no. Y yo no sé si mi hijo es el más guapo del mundo, pero listo si que es.

Desde muy pequeño le he notado actitudes impropias de su edad. Fue un niño muy precoz para hablar, con ocho meses ya decía “papá” y con año y medio hacía frases enteras sencillas. Con apenas 3 años, nos empezó a preguntar por temas trascendentales como la muerte. Ahora tiene 5 años y ha aprendido a leer prácticamente solo. En el cole le estaban enseñando las letras mayúsculas, este verano leyendo cuentos con él, me preguntaba qué letra era cada minúscula y ahora mismo se está leyendo libros recomendados para niños de 8 años.

Con 4 años me pidió que le leyera sobre dinosaurios, pero no cualquier información básica. Quiso saber qué pasó durante las extinciones masivas y cómo los científicos descubren los huesos fosilizados. Por otro lado, su vocabulario es sorprendentemente amplio. No solo usa palabras que a veces me cuesta creer que haya aprendido, sino que las emplea de forma adecuada, como si siempre hubiera sabido qué significan.

En casa, su padre y yo hablábamos de lo inquieto que es intelectualmente. No es solo curioso, es insaciable. Tiene una energía diferente, como si su mente no parara nunca de moverse. Y, claro, pensé que lo mejor sería hablar con alguien que pudiera orientarme, como su profesora.

¿Quién mejor que una profesional de la educación, alguien que lo ve en el contexto de un aula, para darme una opinión más objetiva? Así que le pedí una tutoría para hablar con ella.

Fui con mucha ilusión y algo de nervios. Llevaba una lista mental de ejemplos que podía darle para que entendiera lo que yo veía: cómo se había interesado por el sistema solar, cómo podía hablar de dinosaurios con un nivel de detalle que me dejaba atónita, o cómo había descifrado por sí solo el misterio de juntar letras para formar palabras.

Sin embargo, lo que encontré al sentarme frente a ella fue algo completamente distinto a lo que esperaba.

Después de escucharme durante unos minutos, la profesora me miró con una mezcla de incredulidad y algo que rozaba la burla. Primero, soltó una risa que intentó disimular, pero que fue evidente y me dijo:

-Bueno, dudo mucho que tu hijo sea de altas capacidades. En clase lo único que hace es alborotarme a los demás. Y cuando yo me pongo a explicar algo él pasa de todo.

-¿Cómo que pasa de todo? Si él cada día me cuenta lo que ha aprendido en el cole y yo estoy viendo como evoluciona. – Le comenté.

– Si, bueno, porque se entera de lo que yo explico, pero no se está quieto, me interrumpe la clase y molesta a los compañeros. Debe aprender a estar tranquilo y a prestarme atención.

Os juro que me quedé a cuadros. No supe que responderle. Básicamente me estaba reconociendo que mi hijo es listo, que aun estando en otro mundo cuando ella explica algo nuevo, se entera. El problema es que la profe quiere niños sentados en sus pupitres y callados. Si tu hijo es activo, es inquieto y el método de enseñanza tradicional no va con él, a esta señora no le gusta.

La verdad es que salí de la reunión con un cabreo… No quise montar un numerito así que no le dije nada, pero me fui sabiendo que la profesora no me tomaba en serio, que seguramente pensaba que yo era una flipada que me creía que mi hijo era super dotado o algo de eso, cuando es un niño normal y punto.

Más que normal, que era uno de los peores de clase, de los cabecillas que se dedicaban a alterar a los demás niños y que están metidos en todos los fregados.

Aquella señora tenía a mi hijo señalado como “el niño puñetero que molesta a los demás” y no iba a poner ningún interés en potenciar su capacidad intelectual.

Me planteé muchas cosas. La primera cambiarlo de colegio. Pero mi marido, me hizo entrar en razón. El año que viene mi hijo comienza Primaria, cambiará de profesora y quizás le toque un docente más comprometido con los nuevos métodos de enseñanza y menos con tener a los niños sentados delante de un libro. Tampoco hay que culpar a un colegio por lo que hace una profesora en concreto. Esperaremos a ver cómo van evolucionando las cosas.

Por otro lado, he empezado a buscar información sobre altas capacidades y, quizás, alguien que pueda hacerle una evaluación adecuada a mi hijo. Si realmente es un niño que está por encima de la media, quiero saberlo para trabajar con él y que desarrollo su máximo potencial.

La experiencia con su profesora me dejó un sabor amargo, pero también me sirvió de lección: nadie conoce a mi hijo mejor que yo. Si alguien lo reduce a ser “el alborotador de clase”, eso no significa que yo deba aceptar esa etiqueta sin más. Mi hijo merece que lo ayuden a desarrollar su inteligencia, que le pongan retos, y que el día de mañana sea un hombre de provecho.