¿Se puede tener cinco años y ser un mafias? Pues sí, y si no me crees, date una vuelta por cualquier patio de colegio en la hora del recreo. A esas edades, el patio es una jungla, una ciudad sin ley, un ecosistema gobernado por reglas más crudas que las de la mafia siciliana.
¿Y cómo lo sé? Pues porque mi hijo tiene cinco años y es uno de los cabecillas de su clase. Es un niño muy sociable, con mucha personalidad y tiene madera de líder. Pero también es de los puñeteros que molestan a los demás.
No me enorgullezco de esto último, cada día le explico que hay que jugar con todos los niños y que si un juego no le hace sentir bien a algún compañero, que deben parar. Pero, ya sabéis los que sois padres, los niños a veces no siguen las indicaciones que les damos al pie de la letra…

Lo curioso es que yo en el colegio no era del grupo de las populares. Era de las empollonas, y eso significaba ser objeto de burlas. No quiero que mi hijo se convierta en un abusón, por eso ya le intento educar en el respeto al otro.
Pero, aunque mi hijo es de los revoltosos, no es el que más problemas da a la profe. Siempre hay un niño o niña que sobresale entre los demás, y no siempre por razones académicas. En la clase de mi hijo hay uno que tiene que ser todo un pieza, un tal Gabriel, con nombre de arcángel, pero con actitudes demoniacas. Mi hijo me cuenta cada hazaña del chaval que miedo me da cuando estén en el instituto. Es el típico que le pone motes ofensivos al resto de los niños, que dice palabrotas y que no tiene ningún problema en sacar la mano a pasear.

Los padres ya le conocemos, la profesora está al tanto de todo y supongo que los padres del angelito hacen lo que pueden con él, porque ya nos hemos quejado más de una familia.
El caso es que me sorprende muchísimo lo retorcida que puede ser la mente de un nene de cinco años. Mi hijo me contó que hay un niño al que este pequeño Corleone lo tiene enfilado. Que es el típico buenazo, pacífico y que no se mete con nadie, pero se ríen de él hasta el último de la clase.
Aquí el niño mafias se ha inventado un juego que consiste en molestar a este niño, pero molestarlo de forma disimulada, llamarle cosas feas de manera discreta, pegarle alguna galleta furtiva, hasta que el pobre chaval no puede más, explota y se lía a palos con todos los que le estaban importunando. ¿Sabéis cual es la finalidad del juego? Pues que la profesora pille a este niño pegando a los demás y lo castigue.
Pero el líder del recreo no puede hacerlo todo solo, claro está. Aquí entran los secuaces, esos niños que están dispuestos a seguir las órdenes del pequeño jefe. A veces por lealtad a su amigo, otras por puro miedo, porque no quieren ser el siguiente en la lista negra del pequeño Corleone.

Desde muy pequeños se dan cuenta de la importancia de formar alianzas estratégicas. Saben a quién deben mantener cerca, los compañeros más fuertes, y a quién van a hacer la vida imposible.
Es una pena que tan pequeños ya sean los reyes del bullying. El recreo es un campo de batalla donde sólo los más fuertes o los más astutos sobreviven.
Los niños ya saben quién manda, y por desgracia, ese alguien no siempre es la profesora de guardia.
El bullying no es algo nuevo, y cada vez comienza antes. No debemos descuidar a los niños porque aún son pequeños o porque son cosas de niños. Es muy preocupante que ya existan dinámicas tan crueles en los patios de infantil.
La cuestión es que muchos niños no son conscientes de la crueldad de sus acciones. Para ellos, puede ser solo un juego. Sin embargo, es aquí donde los adultos juegan un papel crucial. Los valores de empatía, solidaridad y respeto deben cultivarse desde una edad temprana, porque, de lo contrario, los pequeños capos de hoy podrían convertirse en unos verdaderos hijos de su santa madre.