Mi madre y yo siempre hemos tenido una relación complicada. Teníamos conceptos distintos de querer y diferencias insalvables desde que se separó de mi padre. 

Se divorciaron cuando yo tenía 12 años. Por aquel entonces, y siempre, he sido el ojito derecho de mi padre. No sé si es verdad eso de que los hijos son para las madres y las hijas para los padres, pero, en mi caso, es así. Soy hija única y deseada. Lo malo es que tengo, tenía, una madre complicada. 

Por esa razón, me fui a vivir con mi padre. El proceso fue difícil y los reproches, muchos. Pasé una adolescencia dura: mi madre no paraba de echar porquería sobre mi padre y eso cada vez nos separaba más. Iba a su casa y me encerraba en la habitación, apenas estábamos juntas y nuestras conversaciones eran de ascensor.

Me fui a estudiar fuera con el apoyo de mi padre y la insistencia de mi madre de que me quedara. Fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida: volar sola y no tener que dar cuentas a uno y a otro de dónde estaba o qué hacía. Lo mejor fue no tener que escuchar las monsergas de mi madre sobre la última novia de mi padre, su nuevo coche o si se iba de viaje. Por primera vez en mi vida, disfruté de la libertad. Me rodeé de amigos de todo el mundo, viajé, estudié y aprendí a tomarme la vida de otra forma. 

Toda la carrera la hice fuera y, al acabar, me surgió la oportunidad de quedarme en Escocia trabajando. Ya estaba acostumbrada a su clima y mi vida estaba allí, así que no lo dudé ni un segundo. Acepté el trabajo e hice mi vida allí. Volvía a España de vacaciones y mis padres me visitaban, obviamente por separado, una o dos veces al año. 

La relación con mi madre fue mejorando. Supongo que, con los años, entiendes mejor el dolor ajeno y la falta de recursos para afrontar una separación dolorosa. Mi padre pudo rehacer su vida, pero mi madre fue incapaz. Sus visitas cada vez nos acercaban más e, incluso, llegamos a hacer un par de viajes juntas: uno a un balneario y otro a las Canarias. 

La última vez que me visitó yo ya llevaba con mi pareja un par de años. Se llevaban bien, pero mi madre siempre dudó de nuestra relación, como lo había hecho de la suya. No entendía que cada pareja es un mundo y que evitarlas por miedo era su opción, pero no la mía. 

Vino a Glasgow a verme y le contamos que estaba embarazada. Su primera reacción fue nula. No dijo nada, se quedó callada. Mi pareja se fue, porque vio que el momento estaba siendo tenso y nos dejó a las dos solas. 

En ese momento me dijo que era una inconsciente, que iba a ser incapaz de criar a una hija en otro país y con un novio extranjero. Intenté calmarla, decirle que lo habíamos buscado, que mi pareja estaba tan implicada como yo, pero se cerró en bucle. Me gritó que no pensara que me iba a ayudar, que era una egoísta, que sólo pensaba en mí como había hecho siempre y que era una malcriada. 

Miro hacia atrás y os juro que sé que me intenté contener. Que respiré e intenté entenderla, pero el colmo llegó cuando me dijo que iba mendigando cariño a costa de un embarazo. Entonces, sin gritar, desde la tranquilidad más absoluta, le dije que no la necesitaba para criar a mi hijo y que no quería verla más si eso era lo que opinaba de mí. 

Tardó menos de quince minutos en recoger sus cosas e irse sin mirar atrás. Dio un portazo y salió. Se fue sin darme la enhorabuena, sin decirme lo contenta que estaba porque iba a ser abuela, sin haberme dicho que estaba orgullosa por todo lo que había conseguido en mi vida. 

Tras irse, llamé a mi padre y le conté lo que había pasado. Me dijo que no me preocupara, que ya la conocía, ya sabíamos cómo era. 

Lo que no sabíamos es que, en menos de un mes, me iban a llamar del Hospital Clínico porque mi madre estaba ingresada muy grave en la UCI por un infarto. Cogí sin pensarlo el primer vuelo, pero no llegué a tiempo. 

No os imagináis el dolor, no sólo por su muerte y por sus últimas palabras, sino el dolor por toda una vida con una madre a medio gas. Madre es una palabra muy grande y que a veces se convierte en una carga. A mi madre se le juntaron dos etiquetas: madre y esposa y no supo cómo conjugarlas, cómo unirlas e hizo de ellas una reinterpretación. 

No la juzgo. Cuando nazca mi hijo lo viviré y, seguramente, no sea como espero. Pero siempre me arrepentiré de nuestra última discusión y del dolor que nos provocó a las dos. Si pudiera volver atrás, mis últimas palabras serían: “Mamá, por favor, piensa lo que dices, que me estás haciendo daño. Vamos a dormir y mañana lo hablamos. Te quiero.”

 

Anónimo

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