Nunca he sido especialmente borde. Sarcástica, sí. Directa, también. Pero borde… no.
Pero ese día me levanté con la energía de una mujer con cero ganas de aguantar gilipolleces. Y, claro, el universo decidió ponerme a prueba.
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Todo empezó en una típica cena de amigos. De esas que parecen tranquilas y acaban con sobremesa eterna, copas de más y conversaciones que se van calentando sin saber muy bien por qué. Entre risas y vino apareció él: el típico hombre que cree que tiene razón en todo. Sí, ese que opina aunque nadie pregunte. Ese que interrumpe. Ese mismo. El tipo de persona que me saca de quicio. Era innegable que era atractivo, pero insoportable.
Al principio lo miré y respiré hondo. Porque una aprende que no todas las batallas merecen la pena… hasta que hizo un comentario que hizo que no pudiera callarme más. Y otro. Y otro. Todos condescendientes. Todos innecesarios. Y exploté. Intenté calmarme, sonreír y después hablar.
No subí la voz. No insulté. Solo dije cuatro cosas bien dichas: claras, precisas, educadas… pero afiladas. De esas que escuecen más que un golpe bajo y que no puedes rebatir sin quedar como un idiota. De esas que te hacen quedar como una reina.
Y se hizo el silencio. Espeso. Incómodo. Me había quedado muy a gusto. Había soltado todo lo que llevaba guardado dentro. Y pensé: he ganado. ¡Error!
Porque, en lugar de enfadarse o contestar, me empezó a mirar de manera distinta. Como si acabara de descubrir un secreto guardado en el fondo de un cajón. Y ahí empezó un extraño juego que duró toda la noche.
Primero fueron las miradas. Luego las sonrisas pícaras. Después, una excusa absurda para acercarse. Y antes de que pudiera pensar, me susurró:
—No sabía que eras así.
Lo dijo en un tono que hizo que me temblaran las piernas y el calor empezó a invadir todo mi cuerpo. Supongo que se dio cuenta del efecto erótico que había provocado en mí, porque lo siguiente que me dijo fue que le acompañara un momento.
Y claro, como soy valiente, decidida y absolutamente incapaz de decir “no” cuando no debo… fui.
El baño estaba vacío. Porque estas cosas nunca pasan en baños llenos, ¿verdad? Cerró la puerta, me miró… y la tensión que llevaba acumulada toda la noche decidió explotar.
Cristales empañados. Respiración agitada. Cuerpos demasiado cerca. Madre mía, chicas… no hay palabras para explicar todo lo que me hizo aquella noche. Cada empujón, cada roce, cada mirada, cómo me empotraba contra la pared… Cada vez que lo recuerdo en mi mente se me abre la almeja de par en par.
Lo mejor vino después. Mientras me recomponía frente al espejo, entendí algo: no fue el vestido. Ni el maquillaje. Ni siquiera el vino. Fue la seguridad. El no callarme. El decir lo que pensaba sin pedir perdón.
Resulta que a algunos hombres no les excita el silencio… les excita una mujer que se planta, que no se encoge, que no baja ni la mirada ni la voz. Y aquel hombre me dio una confianza que antes no tenía. Y un sexo inolvidable.
Volvimos a la mesa como si nada. Mis amigos miraban confundidos, probablemente porque oyeron cosas que no debían oír. Yo sonreía con más fuerza. Él estaba callado, como si nada. Nadie hizo referencia al asunto. Así que prefiero creer que nadie se enteró de nada.
Esa noche aprendí algo importante: decir cuatro cosas bien dichas puede ser más provocador que cualquier escote. Y desde entonces, no me callo. Ni por principios… ni por diversión.
Sofía Estrella