Hay veces que la vida te empuja tan fuerte que terminas saltando sin saber a dónde vas. Crecí en un hogar donde el amor no era el plato principal. Mi madre se ahogaba en el alcohol, buscando algo en lo que no podía encontrar consuelo. Y mi padre… bueno, se fue. No a por tabaco, sino por muerte. Y yo, aún con rabia, le dejé ir sin un “adiós” ni un “lo siento”. Quizá no me arrepiento por miedo a cómo reaccionaría mi hermano. Porque los secretos familiares no se sueltan fácilmente, ¿verdad? Como cuando descubrí que el hombre al que llamaba padre no era biológicamente mío. Como cuando utilice esa baza para herir a mi hermano. 

Hoy tengo casi 20 años. Vivo con lo justo: una pensión de orfandad, un trabajo que odio, un perro que me mira como si yo supiera a dónde vamos, y una carrera universitaria que intento pagar. No recuerdo cómo era antes de todo esto. Hace poco volví a la casa donde crecí y por primera vez en dos años, alguien me dio el pésame. 

Y entonces, me surgió la pregunta más tonta e incómoda: ¿De verdad quise a mi ex o solo intentaba huir de mi duelo? Le dije mi primer “te quiero” justo un día después de que muriera mi padre. Eso me condujo a otra pregunta: ¿Me dolió la ruptura porque fue mi primer desamor o porque era un duelo acumulado? Un duelo al cuadrado. 

Mis amigas cambiaban de tema cada vez que, al echarme las cartas del tarot, preguntaba por mi padre. A veces sentí que me juzgaban por no saber cómo lidiar con el dolor. Porque lo que es cierto es que he vivido todo tan rápido que ni siquiera he tenido tiempo de saborear lo que me pasaba. No he tenido el lujo de tomarme las cosas con calma. Me creí el cuento de que debía seguir adelante y lo hice, pero sin saber cómo. Como cuando intentas montar un mueble de IKEA sin instrucciones y usas lo primero que encuentras como herramienta, en mi caso, una horquilla del pelo. A veces pienso en pedirle a mi vecino la caja de herramientas, pero… ¿Realmente quiero que me la preste? ¿Y si ya no sirven para lo que necesito? Porque a estas alturas, no sé ni qué herramientas necesito. 

Mis veinte son una carrera sin frenos. Envidio a mis amigos que todavía viven con sus padres, que estudian sin cargar con todo. A veces siento que hay un muro de hielo entre nosotros. Y sí, me pregunto si fui yo quien lo levantó al intentar huir de lo que dolía. Nunca aprendí a relativizar. Todo era blanco o negro, un 8 o más.

Como en aquel episodio de “¿Cómo conocí a vuestra madre?” dónde Lilly y Marshall establecen la regla del 8 o más tras tener a Marvin, su primogénito. A riesgo de hacer más spoilers diré que les pasa factura. Es una regla insostenible. Hace que pierdas la noción de saber relativizar con cabeza la importancias de los hechos que te pasan. A ti y a tu gente.

Esa muerte. Ese “te quiero” que salió de mí mientras la casa estaba llena de gente dando el pésame a mi hermano. Ese “me pones mucho” que me devolvió él en vez de un “yo también”. Todo eso era un 10. Pero yo no supe verlo. 

Uno no puede tragarse un 10 y seguir adelante como si nada. Necesitas procesarlo, entenderlo, asimilarlo. Pero yo nunca me he dado ese lujo. 

Así que me lanzó una última pregunta:¿Lo que sentí por esa persona fue amor verdadero, o solo intentaba huir? No tengo la respuesta, pero lo que sí sé es que sigo aquí. Aferrada a lo que sea que me quede. 

Por primera vez en mucho tiempo, no quiero huir. No sé cómo me he atrevido a hablar sobre sanar y amar si jamás me he disculpado con mi hermano. Si tampoco he dejado que me ayuden. Si acepté un amor mediocre de alguien que no sé si quise por necesidad o simplemente porque sí. Quizá por eso me trago la vida como mi madre el tequila. Sin pausa. Sin pensar. Sin saborear. 

Tal vez he huido tantas veces que ya no sé cuántas vidas me dejé por el camino. Quizá ese “te quiero” sí fue un grito de socorro, pero todavía no puedo hablar del resto. 

 

Escrito por Victoria A.M