Hace un tiempo tuve una conversación que no debería haberme sorprendido tanto. La transcribo casi como fue.
Ainhoa: ¿Te acuerdas cuando nos conocimos?
Chico: Claro, por la web aquella de citas.
Ainhoa: ¿Te acuerdas de cuando comencé con las conversaciones subidas de tono?
Chico: Y tanto, me pillaron de sorpresa.
Ainhoa: ¿Recuerdas cuando por fin quedamos en persona?
Chico: Y te di un beso, aunque estabas nerviosa.
Ainhoa: Sí, sí, eso también. Pero, ¿te acuerdas que te dije que directamente fuéramos a mi casa?
Chico: Y de los magreos en el coche…
Ainhoa: Eso también, que luego te subí a mi habitación casi directamente. Estuvimos allí liándonos, que te la comí y fuimos a más.
Chico: Sí, fuiste más lanzada que yo, ¿y?
Ainhoa: Si después de todo esto, justo cuando ibas a meterla te llegara a decir que no… ¿Qué habrías hecho?
Chico: Parar y ver qué te pasaba.
Ainhoa: Y si después de hablarlo siguiera diciendo que no.
Chico: Pues nada, otro día que te apeteciera si es que te volvía a apetecer.
Ainhoa: ¿Habrías intentado algo después del no?
Chico: Eh, no. Si me has dicho no es no.
Me miró con cara de «no entiendo nada», y comprendí que justamente lo que me decía era lo normal. Porque es lo normal, pese a que muchos no sean capaces de entenderlo.
Por un momento sentí vergüenza por tener que sentirme aliviada, por haber tenido la suerte de compartir mi cama con hombres así.