Tengo una mejor amiga desde secundaria. Mientras estábamos en el instituto éramos inseparables y, cuando estudiábamos en la universidad, nos veíamos casi siempre y salíamos con los grupos de la otra. Siempre estuvimos presentes en nuestras vidas y siempre fuimos una parte importante, necesaria, pero no dependiente la una de la otra.
Crecimos, maduramos y lo hicimos juntas, pero cada una a su ritmo, con sus éxitos y sus fracasos. Mantuvimos el hilo que nos unía, pero los años lo fueron destensando y ahora, ya cerca de los cuarenta, está tan suelto que parece que no nos conocemos.
Entender la situación ha sido duro para mí, sobre todo porque he sentido la pérdida como un duelo. Al principio hablábamos a diario, pero el tiempo fue haciendo de las suyas y, sobre todo, la distancia (dos países es demasiado).
Ahora estoy en ese punto en el que asumo que es cosa de dos y que, a lo mejor, en algún momento puede haber un acercamiento. O no. Y no pasa nada.
Cuando leí a Elena Ferrante y vi la relación tan tóxica que tienen las dos protagonistas, entendí la gran suerte que tengo. Lo que hay, el fondo, es lo más importante.
Una amiga es un tesoro y, aunque suene a frase de Mr. Wonderful, es maravillosamente real. Los amigos incondicionales son pocos. Llegan cuando llegan (a veces en la infancia, la adolescencia, la madurez…) y es difícil que se mantengan perennes. Suele haber cambios vitales que hacen que las relaciones tengan sus idas y sus venidas. Pero, si cuando ves a esa persona después de mucho tiempo la sientes cercana, ahí es.
Ese es un amigo de verdad: no importa que no sepas en qué consiste su día a día, ni si tiene otros amigos nuevos o si en el trabajo está hasta arriba. Seguís siendo vosotros y esa esencia es la que permanece.
Las dos protagonistas de la novela se necesitan, no se acompañan. Forman parte de un dúo inseparablemente venenoso. Nosotras, las de verdad, somos dos cantautoras que se unen y que consiguen hacer mejores versiones.
Ahora estamos a años luz de ser lo que fuimos, pero la base está ahí, es sólida y, aunque ahora el edificio esté abandonado, cuando queramos, podamos o decidamos habitarlo, es de tan buenos materiales que sabremos sacar de él la mejor parte.
El verbo querer es supremo, delatador, mayor, gigante, y a mi mejor amiga la quiero. La quise, la quiero y la querré. Juntas fuimos, quizás ahora no somos, pero, ojalá, seamos dentro de poco. Forma parte de esa yo que me encanta y tiene ese hueco en mi vida que hace que sea imprescindible.