Mi hermana ya estaba en la adolescencia cuando yo todavía pensaba que quería casarme con Mortadelo (o con Obelix). Esa diferencia de edad, tan acusada en las primeras etapas de la vida, provocó la mayor parte de nuestros conflictos, porque lo para mí eran cosas muy serias para ella eran bobadas propias de bebés, y lo que para ella podía definir el éxito o fracaso absoluto de toda su vida futura, para mí eran cosas a las que no veía ni importancia, ni entendía que la tuvieran para nadie. Para ella era importantísimo ver Fama, comprar la SuperPop, controlar su peso, tener teléfono en la habitación que compartíamos y que yo no entrase mientras ella escribía en su diario. 

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A todo aquello yo contestaba con mi lógica de niña casi siete años menor y un poco marisabidilla: que los episodios los reponían siempre en verano, que la SuperPop era un rollo porque no había porrazos, que no estaba gorda, que para qué quería otro teléfono si ya teníamos el del salón y además a ella nunca la llamaba nadie, que la habitación era tan suya como mía y tenía el mismo derecho a estar en ella, y que su imbécil diario me importaba un pimiento, ya ves tú. Si lo único que escribía era lo que había hecho durante el día, eso ya lo sabía yo, no necesitaba verlo por escrito. Y ahí mi hermana cometió El Error. Que fue darse pisto y decirme que ahí no sólo escribía lo que hacía durante el día, sino sus secretos, sus pensamientos, sus cosas privadas y personales que un moco como yo no iba a leer porque no los entendería nunca. 

Claro está, aquello cambió mi modo de pensar y a partir de ahí ya sólo pude pensar en abrir aquél encantador librito verde decorado con mariquitas rojas, que cerraba con un precioso candadito dorado y una llave que mi hermana guardaba más celosamente que el dinero un banco suizo. Lo primero era descubrir dónde guardaba esa llave. Otro tipo de chica la hubiera llevado en el llavero o colgada del cuello, pero mi hermana presumía de que esos no eran escondites seguros porque el llavero estaba siempre en la puerta, a la vista de todos, y la cadena se la quitaba para ducharse. Así que estaba escondida en nuestro cuarto. Una tarde, mientras ella veía su Fama, dije que me iba “a jugar” y registré todos los cajones, armarios de sábanas y rincones habidos y por haber. Al fin, en una caja grande de caramelos en la que guardaba pequeños recuerdos, di con un cuadernito de anillas cuyo interior parecía sospechosamente rígido. 

 

Sí, dentro de las páginas, pegada con celo, estaba la llave. Mi hermana había numerado pulcramente las páginas a fin de pegar la llave en una distinta cada día, para que así, si alguien intentaba despegarla y pegarla en la siguiente, ella lo supiera. Sí, claro. Pero si uno no despegaba el celo, sino que empujaba por debajo la llave con ayuda de un lápiz y dejaba también el lápiz para que el celo no se pegase a la hoja por completo y así poder volver a meter la llave después, nadie notaría nada. Y en efecto, no lo notó, porque me pasé las siguientes emisiones de Fama enfrascada en edificante lectura sin que me cayesen encima los Siete Infiernos, que es la consecuencia lógica cuando alguien descubre que has estado cotorreando su diario.

Sin embargo, lo que descubrí allí, poco tenía que ver con lo que yo había imaginado.

Yo pensaba encontrar, quizá, que mi hermana había copiado los deberes de alguna compañera, o que había fumado a escondidas o que le gustaba Fulanito o Menganito. Lo último que esperaba encontrarme en aquellas páginas era que mi hermana se felicitaba a sí misma por  cosas como tirar a la basura el bollo o el bocadillo del recreo en lugar de comérselo, o se dirigía amargos reproches y horribles insultos cuando admitía que se lo había comido. Por decirle a Mamá que había ido a estudiar a casa de Tal o Cual y que venía ya cenada, cuando era mentira, o decir que el bocadillo le había llenado tanto, que no podía comer segundo plato, sólo la sopa-puré-verduras, que Mamá ponía de primero. Según decía en su Diario, eso la haría adelgazar y ser guapa, eso haría que sus amigas dejasen de decirle que con su cuerpo no podía ponerse faldas, eso haría que los chicos dejasen de llamarla La Culona, La Vaca… eso haría que fuese tan guapa como las chicas de Fama. 

Yo aún no ponía dos cifras en mi edad, pero sabía que tirar la comida era malo, que nada hacía enfadar tanto a los mayores como dejar de comer. Así que me encontraba en un apuro porque si me callaba, mi hermana seguiría tirando los bocadillos que nos preparaba Mamá, pero si lo contaba, iba a arder Troya y mi hermana me despellejaría viva. 

Me quedé pensando hasta el día siguiente, que lo solté sin querer. Sentadas a la mesa con Mamá, mi hermana se tomó la sopa pero dijo que no podía con los garbanzos, que el bocadillo la había llenado, buf, muchísimo. Y juro que me salió sin pensarlo: “ah, ¿hoy sí te lo has comido?”. Mi madre puso cara rara y se inició la batería de preguntas, cómo que hoy sí, a ver qué ha pasado con el bocadillo, dime de qué era el bocadillo, a quién le has dado el bocadillo, mi hermana me sacudió una patada bajo la mesa y ahí ya sí que no me aguanté y conté lo que había leído en su Diario. 

Nunca la había visto tan cabreada como aquel día, roja de rabia, llorando y gritándome que era un monstruo, una espía asquerosa… pero Mamá estaba aún peor sabiendo que mi hermana tenía tal problema con su cuerpo que  tiraba la comida. Mis padres hablaron con ella en privado y llegaron al acuerdo de prepararle bocadillos más ligeros, que si pan integral, pavo, lechuga… pero tenía que comer. Y que eso de decir que venía cenada o comer sólo el primer plato, se había terminado. Si volvía a decirlo, llamarían a la casa de quien fuera para averiguarlo y si no lo cogían por cualquier razón, se tomaría al menos un vaso de leche con galletas. Si sus amigas se reían de ella, que se echase otras, y en cuanto a los chicos, mi madre iría a hablar con un profesor a que les callase la boca. 

Durante años mi hermana me acusó de su supuesta gordura, que no era más que un ligero sobrepeso. Según ella, si no lucía tipo de bikini, si no se podía poner faldas, si no era tan guapa como las chicas de Fama, era culpa mía. No fue hasta mucho más tarde que me dijo que sólo esperaba que al menos una de sus hijas saliese tan cotilla y artera como yo, porque de ello podía llegar a depender el bienestar de las otras. 

 

Delice