Bueno, para ser fieles a la realidad, existir sí existe solo que no es quien yo creía. Os cuento la telenovela, porque no tiene desperdicio.
Hace 7 años me abrí una aplicación de citas. Estaba en la universidad y veía que todos los amigos tenían pareja o ligoteaban y yo nada de nada, así que me lancé a ello. Sin embargo, no me gustó mucho la experiencia y fíjate por dónde terminé conociendo a quien luego sería mi pareja a través de Facebook. Resultó que ambos estábamos en un grupo de obras de arte y de tanto comentar publicaciones nos terminamos por reconocer entre los demás participantes y empezamos a hablar en privado de manera habitual.
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Él era perfecto para mí. Nos gustaba lo mismo, teníamos los mismos intereses, edad similar, problemas parecidos, era guapo, simpático, tenía mucha labia…el caso, que me encantó y me enamoré perdidamente. Nos agregamos a Facebook por aquel entonces y un poco más tarde a Instagram. Cada publicación suya me hacía enamorarme más y con sus selfies se me daba la vuelta el mundo. Al fin, comenzamos a salir.
Yo estaba en mi pompa de felicidad. La única pega era que él vivía en Logroño y yo en Madrid; no están lejos pero no es lo ideal para un primer noviazgo. En un principio no supuso un problema, porque lo suplimos con mensajes a cada momento, interacciones por las redes sociales y llamadas todos los días. Incluso me mandó algunas cartas a la antigua usanza.
Durante el primer año hablamos de conocernos en persona, pero por unas cosas o por otras al final no se pudo. El segundo año yo me fui a estudiar a Alemania y él quiso venir, pero como estaba en la universidad, no trabajaba y sus padres no le podían prestar el dinero tampoco pudo. Volví de Alemania dispuesta a gastarme todos mis ahorros (que no eran muchos) para ir a verle, pero resultó que en esta ocasión fue él quien se marchó a estudiar fuera, dos años y a Buenos Aires. Mi gozo en un pozo, porque para billetes a Logroño tenía, pero para cruzar el charco no me daba. Venga, otros dos años sin vernos, me jodía pero en realidad ya me había acostumbrado a nuestra relación virtual.
El quinto año volvió a España y ya sí que sí decidimos vernos. Mientras lo organizábamos dimos el paso de presentarnos a nuestras respectivas familias, eso sí, por teléfono. La cosa ya iba viento en popa, incluso hablábamos de buscar un sitio intermedio para irnos a vivir juntos cuando termináramos los estudios. Cuándo por fin fuimos a quedar, él se puso malo, muy malo y tuvimos que retrasarlo. Al final otro año que no nos vimos.
Este último año, conocí a un nuevo grupo de amigas en el máster. Cuando les contaba mi relación ponían caras raras. Al principio me mosqueaba un poco su reacción, pero poco a poco fue haciendo mella en mí. “¿Pero hacéis videollamadas?” Me preguntó una un día. Mi cabeza explotó y se me encendieron todas las alarmas, ¿cómo en tanto tiempo no se me había ocurrido una cosa tan tonta? Así que esa noche le dije que por qué no hacíamos una. Se quedó callado un segundo que se me hizo muy largo y luego me empezó a decir cosas inconexas y atropelladas para salir del paso. Lo intenté varios días con idéntico resultado. Empecé a insistir en vernos y todo eran excusas y cambios de tema.
Me lo replantee todo. Quedé con mi amiga y nos pusimos en modo CSI a repasar conversaciones, cartas, fechas, llamadas, redes sociales, todo, ¿qué estaba pasando? Hasta que un día a mi amiga se le ocurrió empezar a poner el nombre de mi chico en redes con algunas modificaciones. ¡Ay de mí cuando en una de las búsquedas apareció un perfil con su cara y no era el que yo tenía!
Le pedimos amistad y nos la concedió y empezamos a husmear. Todas las fotos que tenía eran las que me había ido pasando a mí a lo largo de los años, su biografía coincidía con la de mi chico, ¿acaso mi chico tenía dos perfiles para que yo no le pillara hablando con otras?
Descompuesta, intentaba sonsacarle todos los días, como no había manera decidí hablar con él a través de mi amiga y por el perfil que habíamos descubierto. Resultó que, efectivamente, mi novio era ese chico, solo que él no lo sabía. Alguien había utilizado todas sus fotos y biografía para mantener conmigo una relación virtual ¡durante seis años! Alguien se había tomado el trabajo de crear (más bien robar) una identidad para salir conmigo. Yo no me lo podía creer y sobre todo no podía entender cómo yo había sido tan tonta de creérmelo.
Al chico robado, como os imaginaréis, le entró una paranoia justificada y no paró hasta averiguar quién le había hecho semejante jugarreta. Al final resultó que mi «novio» no había sido tan inteligente y había dejado el rastro de un correo electrónico a través del que pudo enterarse de quién se escondía detrás de la identidad falsa: su mejor amiga.
Resultó haber sido compañera mía de la universidad y parece que se había quedado prendada de mí. No quería salir del armario y se inventó esta estratagema para cumplir su deseo oculto. Y la mantuvo como una campeona.
Cómo hizo para engañarme durante tanto tiempo y cómo fingía una voz masculina son cuestiones que no sé si solucionaré alguna vez. Por ahora puedo deciros que mi psicóloga se va a jubilar conmigo.